
El lago del cráter Kelimutu, conocido por sus aguas de colores cambiantes, en el monte Kelimutu, isla de Flores, Indonesia. (Foto: cortesía Maura Aranguren)

En 2021, en plena pandemia, viví una de las experiencias más transformadoras de mi vida. Ese año viajé a Indonesia para colaborar en una nueva fundación de mi congregación. El viaje fue ameno, aunque marcado por los desafíos de enfrentar una lengua y una cultura totalmente nuevas.
Una de las reglas del protocolo de COVID-19 era pasar cinco días confinada en un hotel en Yakarta antes de continuar hacia mi destino final: la isla de Flores, en Ende.
El segundo día de confinamiento me paré frente a la ventana y, mirando al horizonte, me asaltaron muchas preguntas: ¿Qué has hecho hasta ahora con tu vida? ¿Qué quieres seguir haciendo? ¿Dónde estás, Dios mío?
No tenía respuestas. Todo a mi alrededor era un gran silencio, profundo y envolvente. Aquel silencio me empujó a bucear en las profundidades de mi existencia; fue un momento que marcó un nuevo comienzo. Durante los siguientes cuatro años, ese silencio me ha llevado por caminos insospechados y me ha permitido transformarme desde dentro. Ha sido evidente que este tiempo ha sido un tiempo del Espíritu, que aún sigue aleteando en mí, inspirándome y guiándome.
Ese mismo año comencé un proceso de renovación interior. Caí en la cuenta de que había pasado muchos años de mi vida consagrada queriendo complacer a otros, viviendo de apariencias, y dejando mis necesidades en un segundo plano. Comprobé que amaba estar con otros, pero no dedicaba tiempo a cuidar de las relaciones. Deseaba hacer en todo momento la voluntad de Dios, pero terminaba haciendo mi propio querer.
Si algo me ha sostenido en este camino ha sido, sin duda, la oración y la vida en comunidad. Hoy puedo decir con certeza que la gracia de Dios me ha permitido ser caminante en mi propia vida. Sin él, nada hubiese sido posible.
"Me había volcado tanto en la pastoral que olvidé cultivar mi vida interior. Caminar acompañada de la mano de una hermana ha sido esclarecedor": Hna. Maura Aranguren

Maura Aranguren, de blusa blanca y pantalón rosado, junto a religiosas de la Congregación de Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación y laicos de la isla de Flores, Indonesia, durante los primeros meses de la nueva misión en 2021. (Foto: cortesía Maura Aranguren)
Recuerdo que ese mismo año, en diciembre, retomé el acompañamiento espiritual que había dejado de lado. Me había volcado tanto en la pastoral que olvidé cultivar mi vida interior. Caminar acompañada de la mano de una hermana ha sido esclarecedor. Ella ha sido un faro en mi vida con sus palabras, sus aciertos y su forma de llevarme a confrontarme conmigo misma.
Creo firmemente que el acompañamiento es una herramienta valiosa para cuidar, fortalecer y discernir nuestra vida a la luz de Dios. Como nos dice san Pablo en la Primera Carta a los Tesalonicenses 5, 21: “Examinadlo todo; retened lo bueno”. Desde mi experiencia, el acompañamiento es un espacio sagrado donde se retoman compromisos, se discierne el llamado y se palpa más de cerca la voluntad de Dios.
Viviendo en Indonesia, en la isla de Flores, comprendí la invitación de Jesús a volver a nacer: “Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo” (Juan 3, 3). Ese nuevo nacimiento implicó reconocer mis miedos, mirarlos de frente, nombrarlos y tomar decisiones. Significó detenerme y reconocerme como un ser humano amado por Dios y bendecido por su gracia.
También implicó un ejercicio de humildad: reconocer que no lo sabía todo, que debía aprender, confiar, y que, junto a mi comunidad, tenía una misión por cumplir. Comprendí que debía dejarme amar, pero sobre todo, que podía abandonarme con confianza en las manos de Dios.
Pienso que nacer de nuevo es entrar en el maravilloso proceso de la transformación. Lo imagino como el proceso que vive una mariposa: desde la ninfa, pasando por la oruga y la crisálida, hasta llegar a su etapa final y desplegarse como un ser nuevo y hermoso.
No ha sido fácil, pero ha sido el camino más hermoso por el que he sido conducida por la mano de Dios. Él me ha acompañado en cada lágrima, en cada sonrisa, en cada experiencia. Su mano me ha sostenido.
Lo vivido en aquel 2021 me llevó a regresar a mi país, Venezuela, donde actualmente me encuentro. Cada día lo vivo con esperanza, reconociendo que permanecer es todo un desafío, pero también una oportunidad para crecer y madurar en la fe. Al regresar busqué apoyo profesional y no solo lo encontré,, sino que también me encontré conmigo misma.
Considero que toda ayuda es buena, y que el acompañamiento profesional puede permitir integrar situaciones, emociones, y sanar heridas del pasado que no nos dejan avanzar en la vida espiritual. Sin embargo, esa ayuda solo es efectiva si se pone el empeño en el proceso. Necesitamos osadía para salir de nuestra zona de confort.
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Puedo decir que, sin duda, este proceso de transformación no ha terminado. Sigo abierta a todo lo que Dios va obrando en mí. Y tengo muy claro que parte de esa transformación tiene mucho que ver con una mirada introspectiva que busca las respuestas dentro, antes de hallarlas o justificarlas afuera.
Esta actitud me da una gran libertad a la hora de emitir juicios, porque he comprendido que muchas veces proyecto hacia afuera lo que realmente está aconteciendo dentro de mí. Me esfuerzo por poner nombre a mis sentimientos y emociones al escucharme a mí misma.
En este camino de transformación, muchas puertas se me han abierto gracias a la oración, la meditación y el silencio.
El tiempo de pandemia, aunque difícil, me enseñó a respirar de manera consciente, a esforzarme por vivir en el momento presente, a vivir más plenamente la vida de comunidad, y a ir al encuentro con otros, con transparencia y discernimiento.
Lo que inició como una dificultad muy grande, se ha transformado en una gran riqueza espiritual. Le doy gracias a Dios por ello.