El sermón de la montaña, óleo de Jean-Baptiste de Champaigne, alrededor de 1680. (Foto: Wikimedia Commons/obra de dominio público)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«En aquel tiempo, al ver Jesús a la multitud, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos. Tomó la palabra y comenzó a enseñarles lo siguiente: “Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Felices los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Felices los que lloran, porque ellos serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Felices ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y pónganse contentos porque el premio que les espera en el cielo es abundante”» (Mateo 5, 1-12ª)
Ser cristiano es ser seguidor de Jesús, de lo que Él dijo e hizo. Por eso es importante remitirnos al Evangelio para escuchar del propio Jesús lo que espera de sus seguidores. Muchas otras cosas responden más a tradiciones culturales que surgen en cada momento histórico y que, por el peso de la repetición, parece que forman parte de la voluntad de Dios, pero no es así.
"La invitación es a renovar nuestra vida cristiana a la luz de las bienaventuranzas, preguntándonos si constituyen nuestro criterio de discernimiento para cada situación que vivimos": teóloga Consuelo Vélez
Precisamente el texto de hoy, las conocidas ‘bienaventuranzas’ o ‘quiénes son felices’ resume magistralmente el programa del Reino que Jesús anuncia para que nosotros lo vivamos. Este texto también lo tiene Lucas, con matizaciones importantes y con el añadido de las ‘malventuranzas’, es decir, la desgracia que cae sobre aquellos que no viven el programa del Reino. Estos ‘malventurados’, según Lucas, son los ricos, los saciados, los que ríen, los que se vanaglorian. En otras palabras, los que no trabajan con los demás y para los demás y viven solo para sí mismos.
Deteniéndonos en el texto de Mateo, vemos que señala dos veces a quienes les pertenece el Reino de los cielos: a los pobres de espíritu y a los perseguidos por la justicia. Estas dos bienaventuranzas están al inicio y al final del texto, señalándonos la actitud fundamental ante Dios —la pobreza que significa reconocer la absolutez de Dios— y las consecuencias de esa actitud porque, sin duda, es contracultural, y no corresponde al deseo humano del “ojo por ojo, diente por diente” —actitud que muchos más aceptan—, pero que Jesús supera por el anuncio del amor inconmensurable de Dios.
Hagamos algunas anotaciones del texto de Mateo. Por una parte, Mateo habla del “Reino de los cielos” y no del “Reino de Dios” porque su Evangelio es dirigido a los judíos que evitan usar la palabra Dios por respecto a la absolutez de este. Por otra, la expresión pobres “de espíritu” ha llevado a entender que lo importante es una actitud interior, espiritual, sin referencia alguna a lo material. En este sentido el Evangelio de Lucas nos ayuda a entender mejor esa expresión, porque el reconocimiento de la pobreza ante Dios implica el desprendimiento efectivo de todo lo que pueda apartarnos de Él, y las riquezas, casi siempre, cierran el corazón ante las necesidades de los demás, única situación importante para Dios.
Las otras bienaventuranzas o máximas de felicidad muestran que Dios quiere que las situaciones cambien y por eso los que lloran serán consolados, los misericordiosos tendrán misericordia, los limpios de corazón verán a Dios, los mansos poseerán la tierra. Es decir, el Reino de Dios es para transformar nuestra realidad, para garantizar la vida de todos, para que la justicia y la paz se hagan realidad entre nosotros.
El texto finaliza profundizando más en las consecuencias: los insultos, la persecución, la calumnia. No hay que buscar la persecución ni la muerte, pero Jesús nos alerta de la dificultad humana para amar como ama Dios y por eso su propuesta irrita, molesta y causa persecución porque muchos no quieren ir por ese camino.
La invitación, por tanto, es a renovar nuestra vida cristiana a la luz de las bienaventuranzas, preguntándonos si constituyen nuestro criterio de discernimiento para cada situación que vivimos. Si así lo hacemos, liberaremos el ser cristiano de tantos ritos, tantas veces vacíos, y recuperaríamos lo único importante: buscar el Reino de Dios y disponernos, efectivamente, a vivirlo.
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