(Foto: Pexels/Pavel Danilyuk)
El Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos destaca que "la proclamación de la Palabra dentro de la celebración litúrgica es inseparable de la misión recibida sacramentalmente y de la unidad que vincula la Palabra y el Sacramento en la celebración eucarística".
Esta es la respuesta que ha recibido el presidente del episcopado alemán a la reciente petición de un indulto para permitir que un laico debidamente designado predique en lugar de la homilía.
¿Por qué haría una petición así el nuevo presidente del episcopado alemán sabiendo de antemano que le sería denegada?
¿No sabe un obispo lo que el Dicasterio dice al respecto?
Es conocido el camino sinodal alemán, que se desmarca de otros caminos sinodales y que en este momento espera la aprobación del Vaticano. Este proceso nació como respuesta a la crisis de abusos sexuales y el declive de fieles, con el propósito de debatir reformas profundas como el celibato, el papel de la mujer y la moral sexual.
"Parece que es más importante mantener una estructura y una tradición que se derrumba que abrirse a nuevos caminos": Hna. Carmen Notario reflexiona sobre debate en torno a la homilía de los laicos y el papel de las mujeres en la Iglesia
Se entiende que al tratar estas cuestiones salga a la luz también la celebración de la eucaristía y la homilía como temas importantes a tratar.
El Dicasterio recuerda que "existen numerosas formas de proclamación de la Palabra y de predicación que pueden ser confiadas a los fieles laicos fuera de la homilía y fuera de la celebración de la Eucaristía. siempre de acuerdo con el derecho canónico y con la naturaleza propia de estas formas de anuncio del Evangelio".
Esta noticia ha suscitado una importante polémica en círculos, muchos de ellos de mujeres. Muchas seguimos constatando, no necesariamente por esta noticia, sino por el trato recibido por parte de la jerarquía, que la tradición y el derecho canónico pasan por encima de las necesidades pastorales.
Muchas mujeres, que somos gran parte de ese laicado y que tenemos una profunda formación tanto teológica como espiritual, no necesitamos que "se nos confíen formas de proclamación y predicación de la Palabra" en otros ámbitos fuera de la Eucaristía. Lo hemos recibido como carisma, como don del Espíritu Santo y lo realizamos como dedicación a tiempo completo desde hace muchos años.
La respuesta del Dicasterio para el Culto Divino también subraya la importancia de promover la formación continua de los ministros ordenados para que la homilía pueda expresar plenamente su eficacia pastoral y espiritual.
Llega un poco tarde esta recomendación para muchas personas. La falta de formación continua en muchos de los ordenados, junto con la falta de interés por transmitir un mensaje que tenga sentido para los hombres y mujeres de hoy, ha hecho que mucha gente abandone la práctica religiosa.
Es verdad que una cosa son las normas y otra la realidad que se impone en tantos lugares por la falta de ministros ordenados que puedan celebrar la eucaristía. En muchos países, laicos, mujeres y hombres proclaman la Palabra y predican el Evangelio en sus comunidades. También alimentan y ayudan a caminar a su gente en medio de sus dificultades.
Para muchas personas el acompañamiento de ministros tanto ordenados como no ordenados es una experiencia integral que toca varios aspectos de sus vidas. Abarca desde la ayuda en lo más básico como el alimento, la vivienda, la educación, el trabajo, hasta el acompañamiento en la crisis familiar o de pareja, en el duelo, en las adversidades de todo tipo, como las malas cosechas, la violencia o los abusos.
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Y semanalmente, la comunidad acude a la celebración de la Eucaristía como culmen de ese deseo de seguir a Jesús, de crear Reino ahí con los más cercanos, y de hacer del Evangelio no solo su norma de vida sino su Vida con mayúsculas. Eso es lo que da sentido a sus luchas de cada día.
En general esta no es la experiencia de la vieja Europa. El índice de participación en las eucaristías dominicales se reduce de forma drástica cada año. Escuchamos el ya cansino eslogan de cómo hacer más atractivas las liturgias, cuando las preguntas tendrían que ser mucho más radicales; es decir, ir a la raíz de las causas de falta de interés.
En países donde las necesidades básicas están cubiertas, donde hay poco sentido de comunidad porque se valora el individualismo y donde hoy en día se percibe la inmigración como una amenaza al status quo, hay una necesidad imperante de volver a los antiguos valores de la comunidad. Una comunidad solo lo es cuando se suman los valores de todos y cada uno, cuando las relaciones no son jerárquicas sino circulares.
Quizá no mucha gente sabe que miembros ordenados de la Iglesia anglicana que no están de acuerdo con la ordenación de mujeres al sacerdocio y al episcopado pueden entrar a formar parte de la Iglesia católica. También pueden hacerlo aquellos que no están de acuerdo con el talante dialogal de la Iglesia anglicana en materias de comportamiento sexual.
Yo fui testigo hace muchos años en Boston, Massachusetts, Estados Unidos, de la 'conversión' de un sacerdote anglicano, casado y con hijos a la Iglesia católica. Solía celebrar misa en una parroquia a la que nuestra comunidad acudía con frecuencia. Comentábamos que sus homilías eran aterrizadas y prácticas, propias de alguien que vivía en primera persona los problemas cotidianos de una familia. Más tarde supimos sobre él y los motivos de su conversión al catolicismo.
¿Es esta persona ordenada? ¿Puede continuar como sacerdote ordenado siendo casado? ¿Entonces en la Iglesia católica tenemos sacerdotes casados y sacerdotes célibes?
Esta cuestión sobre quién puede o no predicar la homilía, es solo la punta del iceberg que abre cuestiones muy serias que no se deberían posponer. Demasiadas veces se juzga una eucaristía por la calidad de la homilía. Es un craso error que confirma que el celebrante es el centro de todo.
Parece que es más importante mantener una estructura y una tradición que se derrumba que abrirse a nuevos caminos, que por inciertos que sean son mucho más cercanos a los criterios evangélicos. Una cosa es segura, la exclusión de los laicos de los órganos de decisión de la Iglesia ya no tiene sentido en el siglo XXI.
