La adoración de los pastores, óleo de Georges de La Tour, 1644. (Foto: Wikimedia Commons/obra de dominio público)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella existía al principio junto a Dios. Todo existió por medio de ella, y sin ella nada existió de cuanto existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Apareció un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz. La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a los que la recibieron, a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos de Dios: ellos no han nacido de la sangre ni del deseo de la carne, ni del deseo del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y verdad. Juan grita dando testimonio de él: "Este es aquel del que yo decía: 'El que viene detrás de mí, es más importante que yo, porque existía antes que yo'. De su plenitud hemos recibido todos:, y gracia tras gracia. Porque la ley se promulgó por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad se realizaron por Jesús el Mesías. Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre. Él nos lo dio a conocer"» (Juan 1, 1-18).
El Evangelio de Juan es el más teológico de los cuatro Evangelios. No tiene relatos de la infancia, pero comienza con las palabras: “En el principio”, rememorando al libro del Génesis (1, 1). En ese “principio” sitúa la existencia de Jesús y lo hace aplicándole el título cristológico de “la Palabra”. Jesús es la palabra de Dios, por cuyo medio existen todas las cosas.
Otra característica del Evangelio de Juan es el testimonio que pretende dar con su escrito. Este testimonio toma forma en la persona de Juan el Bautista, quien aparecerá en el texto dando testimonio de la luz. Deja claro que el Bautista no es la luz, sino testigo de la luz. Ese es el papel de todo aquel que pretende dar testimonio: no ocupar el puesto de a quien anuncia, sino facilitar que este aparezca con toda nitidez y sin confusión.
"Muchos hablan de un Dios todopoderoso, más parecido al Dios de los filósofos, deducido por la reflexión teórica. Pero los cristianos hemos de hablar del Dios hecho carne, convertido en Palabra entendible para nosotros": teóloga Consuelo Vélez
El texto continúa describiendo el papel que juega esa Palabra que ha venido al mundo: es luz verdadera que ilumina toda la realidad, pero no es reconocida por los suyos. Sin embargo, aquellos que la reconocen, creyendo en ella, se hacen hijos de Dios, y no porque ellos se lo propongan, sino porque el mismo Dios los engendra como sus hijos.
El versículo central del texto es una frase bien conocida: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Es decir, esa Palabra no solamente es creadora de todo lo que existe, sino que ella misma se hizo carne, se hizo mundo, se hizo historia. El Hijo de Dios se ha encarnado, se ha hecho ser humano, y precisamente por eso podemos contemplar la gloria de Dios, podemos ver a Dios. Sin la encarnación no podríamos decir nada sobre Dios, porque si él no se hace uno de nosotros, resulta imposible entenderlo.
Muchos hablan de un Dios trascendente, todopoderoso, mucho más parecido al Dios de los filósofos, ddeducido por la reflexión teórica, en ese esfuerzo por responder a las preguntas sobre nuestro origen y nuestro fin. Pero los cristianos hemos de hablar del Dios hecho carne, convertido en Palabra entendible para nosotros.
El teólogo Karl Ranher hablaba del ser humano como “el oyente de la Palabra”. Y esa es nuestra tarea hoy: escuchar al Dios que se hizo ser humano en Jesús. Solo Él nos revela quién es el Padre. De ahí la necesidad de escucharlo. Que este segundo domingo de Navidad seamos de aquellos que sí lo recibieron, para ser sus hijos y contemplar su gloria.
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