Esperanza a la espalda de Compasión durante la adoración en el Monasterio de la Encarnación en Lima, Perú, en el 2025. (Foto: cortesía Marlene Quispe Tenorio)
Cada domingo, a las 5:15 p. m., llega con fidelidad una familia a la iglesia de nuestro monasterio. Han hecho de la liturgia, las vísperas y la adoración su hogar espiritual. Prefiero guardar sus nombres, pero para mí son Compasión, Ternura y Esperanza. Así los he llamado, porque en ellos reconozco algo que trasciende lo cotidiano: una parábola viviente, silenciosa y verdadera.
Compasión murmura palabras que no siempre comprendo. Ternura guarda silencio como quien custodia un misterio. Esperanza corre entre los bancos, juega, ríe, pregunta y se sienta con nosotras. Hemos ganado su confianza y nos mira con cariño. Sabe que la queremos, que celebramos su existencia, como lo reconoció cuando festejamos sus cuatro añitos. Y yo, cada vez que los veo, pienso en la Trinidad, en la Sagrada Familia, en ese Dios que se hace pequeño, vulnerable y humano.
Su oración me toca profundamente. Se postran los tres en el suelo. Escuchamos el llanto de Compasión, que clama por salir de su enfermedad. La niña, con voz clara, dice: "No llores, mamá". Ternura permanece al lado, sin decir palabra, pero su presencia es abrigo y soporte para las dos. Y yo me pregunto si lo que siento es envidia por la autenticidad de su oración, una oración simple, sincera y confiada, una súplica que nace de quienes no tienen nada —ni salud ni bienes— pero lo tienen todo en Dios.
Cada domingo llegan al monasterio Compasión, Ternura y Esperanza: una madre enferma, su pareja silenciosa y una niña de cuatro años. "Su visita semanal nos saca de nuestra comodidad y nos devuelve a lo esencial", escribe la Hna. Marlene Quispe
Recuerdo las veces que Compasión ha sido internada, dañada por el sistema, maltratada por los hombres o por su propia fragilidad mental. Y cómo Ternura le ha acompañado, mientras Esperanza era la fuerza para seguir luchando con la enfermedad. Compasión renunció a estar con su hija para que Ternura la cuidara. Desde entonces, Esperanza estudia, está limpia y se comunica. Hay una transformación que no se explica solo con palabras. Es fruto de una entrega silenciosa, de una ternura que no busca reconocimiento.
No obstante, esta familia provoca rechazo. Algunos se alejan por su apariencia o por sus gestos impredecibles cuando venden sus caramelos en las calles. Mis hermanas y yo vamos aprendiendo a mirar más allá. Sus acciones son lecciones magistrales: asumir la vida, cuidarla y luchar para que Esperanza salga adelante, incluso renunciar a la tenencia por amor. En ellos hay una belleza que me fascina, que me hace anhelar la sinceridad y la confianza con la que se acercan a Dios.
Su visita semanal abre una ventana en la comunidad. Nos saca de nuestra comodidad y nos devuelve a lo esencial. Como escribe el papa León XIV en Dilexi Te: "El contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos". Ellos son los amados, los predilectos de Dios, los que experimentan el desprecio y se saben frágiles. En ellos reconozco a Jesús.
Esperanza, a su corta edad, ha desarrollado una defensa feroz hacia su madre. Antes mordía o arañaba; ahora da besos en la cara. Habla como un lorito y pregunta todo. Pide papel y lápiz para dibujar conejitos. Cada gesto suyo es una revelación. Me enseña que lo importante no es la perfección, sino el afecto; que los gestos pequeños alivian el dolor; que la dignidad no se mide por la apariencia, sino por la capacidad de amar y ser amado.
En la exhortación apostólica, el papa León XIV nos recuerda: "Ningún gesto de afecto, ni siquiera el más pequeño, será olvidado, especialmente si está dirigido a quien vive en el dolor, en la soledad o en la necesidad". Esta familia me lo confirma cada semana. Ellos son un lugar de encuentro, un espejo donde se refleja la misericordia de Dios.
Ellos me sacan de mí misma. Me enseñan que la fe no es teoría, sino relación; que la oración no es rito, sino grito; que la comunidad no es espacio de perfección, sino de acogida. Y, sobre todo, que Dios sigue diciendo: "Te he amado" (Ap 3, 9), no a los fuertes, sino a los que se postran, a los que lloran, a los que confían.
Por eso, cuando los veo entrar cada domingo, siento que el Reino de Dios se acerca con pasos frágiles y dibujos de conejitos. Y entonces comprendo que ellos, los amados, son los verdaderos maestros de la fe.
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