Ana María Siufi, tercera desde la izquierda en la fila del medio, participa en un encuentro frente a la carpa instalada en la plaza como protesta contra la megaminería, en abril de 2026, en Jáchal, provincia de San Juan, Argentina. (Foto: cortesía Ana María Siufi)
Antes del Día Mundial de la Tierra tuvimos un encuentro de luchadores contra el extractivismo megaminero en la pequeña ciudad de Jáchal, provincia de San Juan, Argentina. Me resulta difícil describir con palabras la emoción que me provocó escuchar los testimonios de un grupo de matrimonios y otras personas que desde hace más de 20 años luchan por frenar la mina Veladero, de la Barrick Gold (canadiense). La poderosa transnacional, que extrae oro y plata, está devastando esa zona agrícola, que ya no puede contar con el agua del río Jáchal, contaminado desde 2015 por unos 19 derrames de aguas con cianuro, mercurio y otros químicos tóxicos.
En Jáchal hay muchas horas con cortes de agua, proliferan enfermedades graves, existe un 80 % menos de producción agrícola y la comunidad sufre divisiones, corrupción y otros perjuicios que trajo la minera. Mientras tanto, la Justicia y el Gobierno se han mostrado cómplices de su accionar y ahora aprueban un nuevo proyecto minero, José María, que destruirá un glaciar y contaminará otro río, la única fuente de agua que les queda.
"Sin agua desapareceremos… tenemos que luchar hasta el último suspiro"; "ofrezco mi corazón y mi alma por la defensa del agua; quiero que mis hijos y nietos crezcan sanos"; "la minera se mete en todos los espacios sociales con muchos engaños"; "nos veíamos como zona de sacrificio, pero a partir de esta reunión nos llamaremos zona de dignidad". Estas fueron algunas de las palabras compartidas.
"Nos une la lucha por defender la vida amenazada": Hna. Ana María Siufi sobre la resistencia de la comunidad de Jáchal, en Argentina, que lleva más de 20 años enfrentando la megaminería que contamina el agua
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La creatividad, la esperanza y el coraje de la resistencia se manifiestan en una gran carpa levantada en la plaza frente a la municipalidad. Las autoridades no han podido eliminarla durante 11 años porque la gente, con gran sacrificio, la ha cuidado día y noche. En su exterior e interior hay carteles, fotos, banderas y declaraciones, pero lo más impresionante para mí fue ver una gran olla en el centro con una sencilla advertencia a los políticos y a la empresa minera: "La cacerola los está mirando".
Aunque no siempre se sintieron apoyados por la Iglesia local y diocesana, para muchos de ellos la fe ha sostenido su compromiso de defender el agua y la vida de toda la comunidad. Una mujer dijo: "Hubo muchos momentos en que podían darnos un tiro o un palazo, pero sentíamos que Dios estaba protegiéndonos". Ahora disfrutan del apoyo del párroco, y eso es un alivio y una fuerza agregada que los ayuda a continuar su resistencia perseverante frente a este extractivismo depredador que, según la ley de minería del país, solo deja el 2 % de ganancias, además de la devastación territorial y social.
Un pastor presente en el encuentro hizo esta reflexión: "Vivimos en un sistema que nos separó de la naturaleza; reconectarnos con ella es una conversión y una motivación que está en manos de las religiones…". En un planeta finito no podemos seguir permitiendo esta megaminería ni otras formas descontroladas de extractivismo insustentable al servicio de unos pocos si queremos cuidar el bien común presente y futuro.
A pesar de los obstáculos y el cansancio, nos une la lucha por defender la vida amenazada. En nuestra reunión abundaron la hospitalidad generosa, el canto, la danza, las risas, los abrazos y las ganas de volver a encontrarnos pronto para fortalecernos compartiendo nuestro caminar y nuestros saberes. Nos intercambiamos regalitos simples, pero el más impresionante fue un lingote de dulce de membrillo que nos brindó el grupo local.
"Dios, que nos convoca a la entrega generosa y a darlo todo, nos ofrece las fuerzas y la luz que necesitamos para salir adelante… Él no nos abandona, no nos deja solos, porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos. Alabado sea" (Laudato Si', N.º 245).
