Mujeres se reúnen en el campamento beduino de Tabana, cerca de Al-Azariyeh, en Cisjordania, para participar en un taller de bordado titulado "Hilos de paz", el 28 de febrero de 2026, como parte del acompañamiento de las hermanas combonianas a las comunidades beduinas que viven en la incertidumbre diaria. En la foto aparece la Hna. María Cecilia Sierra Salcido, con velo blanco, en el centro. La imagen está difuminada para proteger su identidad. (Foto: cortesía Hna. María Cecilia Sierra Salcido)
Desde la mañana, después de la misa, las sirenas no han dejado de sonar.
Y aun así, nos adentramos en el desierto.
Hace unos días, las comunidades beduinas sufrieron incursiones de los colonos. No podíamos permanecer al margen. Queríamos estar presentes, llevar telas, cremalleras, hilo y dulces: pequeños signos tangibles de atención. Artículos con los que coser bolsas, aprender, seguir adelante.
Las Hermanas Misioneras Combonianas estamos en Israel y Palestina desde 1947, primero en el Monte Sión y Nazaret, y más tarde en Betania. Elegimos esta tierra por su importancia en la historia de la fe y por nuestra misión: estar con los más vulnerables. Nuestro trabajo abarca la educación, el acompañamiento espiritual, el apoyo social y la promoción de la mujer. En Jerusalén dirigimos un centro de espiritualidad y una guardería, mientras que en Al-Azariyeh acompañamos a 12 comunidades beduinas. (Al-Azariyeh, la Betania bíblica, o Al-Eizariya en árabe, se encuentra en la Cisjordania ocupada). El proyecto "Hilos de paz" apoya a más de 200 mujeres a través del tatreez, el bordado tradicional palestino reconocido por la Unesco.
Un ejemplo de tatreez, bordado tradicional palestino, en llaveros. (Foto: Wikimedia Commons/Noormalfoof)
No se trata simplemente de 'empoderamiento de las mujeres'. Es el pan de cada día. Es el apoyo a las economías familiares vulnerables, en las que a menudo las mujeres son las únicas que pueden contribuir al sustento del hogar. Y en tiempos de conflicto, aprender es mucho más que adquirir una habilidad: es mantener la mente despierta, avivar la creatividad cuando todo lo demás parece oscurecerse. Es supervivencia. Es resiliencia cosida, puntada a puntada.
Casi 30 mujeres nos esperaban, rodeadas de sus hijos. Bajo un refugio comunitario hecho con mantas pesadas y gastadas, que ofrecían una modesta protección contra el calor y el frío, compartimos palabras y silencios. Nos contaban lo que había sucedido en los últimos días, cuando las primeras explosiones de misiles terminaron con la quietud del desierto. Luego volvieron los silbidos. Más misiles.
Los niños salieron corriendo a mirar. Con los ojos fijos en el cielo. Para ellos, no hay diferencia: dentro o fuera es lo mismo. No hay refugios. No hay habitaciones seguras. Están expuestos al cien por cien. Nos quedamos con ellos, compartiendo la misma vulnerabilidad, la misma incertidumbre suspendida en el aire.
A través de esta vida cotidiana, aprendemos resiliencia, hospitalidad y fe que nos ayuda a perseverar ante la incertidumbre. Las familias a las que acompañamos nos enseñan a permanecer, incluso cuando el futuro es incierto. Compartimos sus rutinas: visitar hogares, organizar talleres, acompañar a mujeres y niños, celebrar la fe y escuchar sus historias.
De camino a otra aldea, más explosiones, esta vez más cercanas. Las sirenas de los asentamientos seguían sonando. Las mujeres beduinas, casi impasibles, como quienes han aprendido a convivir con lo inimaginable. "¿Te esconderás debajo de la cama?", bromeamos con una de las mujeres, a quien le encanta dormir. Nos reímos, sabiendo que su 'cama' es un colchón fino en el suelo y que su casa de hojalata no ofrece ningún refugio.
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En el camino de vuelta, hacia Jerusalén y los asentamientos, la autopista estaba casi vacía. Sin embargo, a la entrada de Al-Azariyeh, la vida seguía como de costumbre. Quedarse en casa no cambia nada. En los pueblos y ciudades palestinos no hay refugios. La gente sigue adelante. Trabaja. Lucha por sobrevivir.
Es Ramadán. Los que han ayunado desde el amanecer preparan lo que pueden para el iftar. La vida continúa, incluso bajo el ruido de las sirenas.
Al vivir cerca de Jerusalén, pero separadas por puestos de control y muros, experimentamos una cercanía impuesta por la geografía y una distancia impuesta por las restricciones. Jerusalén es el corazón espiritual, pero a menudo inaccesible. Esta realidad profundiza nuestra solidaridad con el sufrimiento de la gente.
También somos testigos de cómo se conservan la cultura y la tradición: a través de la familia, la fe y el bordado. Las mujeres, como pilares de sus familias, custodian tanto la memoria como la dignidad, manteniendo la esperanza y transmitiéndola a la siguiente generación. Los niños y los jóvenes se enfrentan a la inseguridad, a los espacios educativos limitados y al miedo, pero siguen soñando.
Regresamos a casa, a la oración. A la espera. Plenamente conscientes de que esto puede ser solo el comienzo de algo que hará aún más vulnerables las vidas de quienes ya viven bajo asedio y precariedad.
En esta tierra que ha conocido tanto dolor, creemos en la Resurrección. Permanecemos con estas comunidades como un humilde signo de esperanza, convencidas de que también la paz se puede coser, puntada a puntada.
Es Ramadán. También es Cuaresma.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 4 de marzo de 2026.
