Al fondo, Claudia Cuadra, consejera provincial y delegada de educación de la provincia teresiana Nuestra Señora de la Paz. A la izquierda, Amelia Ibarra; al frente a la izquierda, Teresa Redó; al frente a la derecha, Ángeles Sendín, en julio del 2025. (Foto: cortesía Giselle Gómez)
Hay aniversarios que no son solo una fecha en el calendario. Son momentos en los que una historia vuelve a contarse con gratitud y con asombro. Los 150 años de la Compañía de Santa Teresa de Jesús es uno de esos momentos. Para mí no se trata solo de recordar el pasado, sino de mirar con hondura el camino recorrido y descubrir cómo una intuición nacida en el corazón de un sacerdote del siglo XIX sigue generando vida hoy.
Cuando yo, a nivel personal pienso en los 150 años de la compañía, no me viene primero a la mente una fecha ni una cronología. A mí me vienen rostros, aulas llenas de vida, conversaciones en pasillos de colegios y oraciones compartidas en silencio. También recuerdo caminos recorridos con jóvenes, con hermanas, con laicos y laicas y con comunidades que buscan esperanza.
Para mí, celebrar este aniversario no es solo recordar una historia. Es reconocer que esa historia sigue latiendo hoy y que, de alguna manera, también habita en cada una de nosotras.
La Compañía de Santa Teresa de Jesús nació en 1876, cuando Enrique de Ossó, un joven sacerdote catalán, percibió con claridad que el mundo necesitaba ser transformado desde la educación, especialmente desde la formación de la mujer. Aquella intuición fue audaz para su tiempo. En una noche de insomnio sintió que Dios le pedía crear una asociación dedicada a regenerar el mundo herido educando con el espíritu de Teresa de Jesús.
Imagino muchas veces ese momento. No lo imagino como un acontecimiento solemne, sino como una inquietud interior que irrumpe en el sueño, una pregunta que insiste y una llamada que pide respuesta. Así suelen empezar las cosas de Dios: en lo pequeño, en lo interior, en lo aparentemente frágil.
"Para mí la educación teresiana nunca ha sido solo un trabajo. Es una forma de mirar a las personas, una manera de creer en su dignidad y en su capacidad de crecer": Hna. Giselle Gómez por los 150 años de la Compañía de Santa Teresa de Jesús
"Me gusta pensar que la historia de la [Compañía de Santa Teresa de Jesús] se parece a esas semillas que crecen lentamente bajo tierra. Durante mucho tiempo parecen invisibles, pero en silencio están preparando algo nuevo": Hna. Giselle Gómez
Meses después, un pequeño grupo de jóvenes dio el paso de iniciar la nueva congregación. Aquel gesto era sencillo y, al mismo tiempo, profundamente valiente. Nadie podía imaginar entonces que aquella pequeña comunidad llegaría a extenderse por continentes.
Hoy, casi siglo y medio después, las teresianas estamos presentes en 22 países de África, América y Europa. Somos unas 940 hermanas, acompañadas por miles de laicos y laicas que comparten la misión.
Cuando pienso en esta red de personas, culturas y realidades, siento una mezcla de asombro y gratitud. Siento asombro por la capacidad del Espíritu para hacer crecer las semillas más pequeñas. Siento también gratitud por tantas mujeres y hombres que, generación tras generación, han sostenido esta historia con fidelidad silenciosa y han hecho crecer el carisma teresiano de San Enrique de Ossó.
A menudo se identifica a las teresianas con la educación, y es verdad que en ella encontramos una parte central de nuestra misión. Hoy acompañamos la formación de más de 64 000 estudiantes en 83 colegios repartidos en tres continentes.
Pero para mí la educación teresiana nunca ha sido solo un trabajo. Es una forma de mirar a las personas, una manera de creer en su dignidad y en su capacidad de crecer. Es también una forma de acompañar procesos de vida.
Educar, en clave teresiana, significa ayudar a cada persona a descubrir quién es, qué sueña, qué la habita por dentro. Significa abrir espacios donde la mente, el corazón y el espíritu puedan crecer juntos.
Precisamente por eso la figura de Teresa de Jesús sigue siendo tan luminosa para nosotras. Teresa fue una mujer apasionadamente humana y profundamente espiritual. Fue una buscadora de la verdad y una mujer que aprendió a entrar dentro de sí misma para descubrir allí la presencia de Dios. Su camino no fue lineal ni fácil. Estuvo lleno de búsquedas, dudas, luchas interiores y conversiones. Por eso se convierte en una compañera tan cercana para quienes buscamos vivir con autenticidad.
Teresa nos recuerda algo esencial: que estamos habitadas por dentro, que nunca estamos solas. Nos recuerda también que esa presencia le da sentido a la vida, nos impulsa a vivir en verdad, a mirar la vida con hondura, a conectar con las personas y a descubrir la "hermosura y dignidad" con la que Dios nos ha dotado.
Cuando pienso en nuestras escuelas, en nuestros proyectos sociales, en los espacios de espiritualidad que acompañamos, siento que esa intuición sigue siendo profundamente actual. Vivimos en un mundo lleno de información, pero no siempre lleno de interioridad. Un mundo conectado tecnológicamente, pero a veces desconectado de lo esencial.
Por eso el carisma teresiano insiste tanto en cultivar una vida interior. No se trata de una evasión de la realidad, sino de una manera más profunda de habitarla. Desde esa interioridad nace también el compromiso con la transformación del mundo.
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