(Foto: Unsplash/Daria Glakteeva)
Todo comenzó en 2023. Durante ese año recorrí algunas comunidades misioneras de mi congregación, las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, con la intención de documentar las obras que realizan. Una de ellas fue La Grandeza, Chiapas, donde viví durante un mes para entrevistar, investigar y convivir con la gente.
La jornada de las hermanas comenzaba desde las cinco de la mañana. Salían de casa en una camioneta para recorrer los caminos de la montaña y recoger a los niños que vivían en comunidades alejadas. Los llevaban al colegio que ellas mismas habían fundado con mucho esfuerzo. Allí les ofrecían educación intelectual, moral y espiritual, además del pan que necesitaban para comenzar su jornada.
Fue allí donde descubrí una realidad que hasta entonces desconocía: niños con hambre, comunidades marcadas por la pobreza, el narcotráfico y la precariedad en la educación, pero también mujeres fuertes e incansables que permanecían junto a su gente, entregándose sin descanso. Para mí fue profundamente impactante descubrir cómo mis hermanas se entregaban de esta manera. Eran hermanas de mi propia congregación y, sin embargo, yo no conocía esa realidad.
Con el paso del tiempo encontré situaciones similares en otros lugares y con otras congregaciones. Comencé entonces a preguntarme qué podía hacer yo desde la comunicación. Me di cuenta de que no solo la entrega de tantas hermanas permanecía desconocida, sino también la vida de las personas con quienes caminaban. Sus historias pocas veces eran escuchadas y, al final, no podía dejar de preguntarme: ¿a quién le importaban?
"Hay historias que no piden protagonismo; solo necesitan que alguien tenga el valor de detenerse, mirarlas y no pasar de largo": Hna. Rocío García Villegas, #HMIG,, sobre su vocación como comunicadora. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
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Esa pregunta fue la que me llevó a dedicar una buena parte de mi tiempo a contar historias y a formarme para hacerlo de la mejor manera. Hace ya tres años encontré en el Proyecto Pentecostés —iniciativa del Dicasterio para la Comunicación con el apoyo de la Fundación Conrad N. Hilton— un espacio para comenzar este camino de formación. Poco a poco fueron surgiendo nuevas oportunidades para participar en proyectos internacionales y publicar algunas de mis historias en Vatican News.
Recientemente también tuve la oportunidad de vivir de cerca la comunicación del papa durante el periodo de prácticas que realicé, de mayo a julio de 2026, en la redacción en español del Dicasterio para la Comunicación, en Roma.
Este recorrido me ha permitido aprender a mirar de otra manera y a narrar estas historias con profundo respeto, buscando acentuar la esperanza en medio del dolor. En ellas he descubierto el clamor de un Cristo que sigue llamando a la justicia y al amor. Al mismo tiempo, también he descubierto el sentido de mi vocación a la comunicación. He aprendido que no soy la protagonista de la historia ni la misionera incansable que debe ocupar el centro, sino simplemente la ventana desde la que el mundo puede observar a Cristo que camina con su pueblo: 'los pobres'.
Durante el proceso de escribir un artículo he entendido que detrás de cada palabra publicada hay personas concretas, con sus propias realidades, problemas, búsquedas y experiencias de Dios. Y quizá una de las experiencias más fuertes de este proceso son las entrevistas, porque en ellas las personas abren su corazón y muestran parte de su vida y de sus sueños.
Recuerdo, por ejemplo, la construcción de un artículo dedicado a la migración en el contexto de la Ciudad de México. Durante una entrevista, una mujer migrante de Venezuela lloró entrañablemente conmigo. Compartió sus muchos cuestionamientos a Dios y los sufrimientos que había vivido durante su travesía por el Darién y por la frontera sur de México.
Esta entrevista, como muchas otras, me llena a veces de indignación y otras de una profunda fuerza para continuar contando sus realidades. No creo contenidos con el objetivo de hacerlos virales. Busco abrir una ventana para que cualquier persona, desde cualquier parte del mundo, pueda conocer las infinitas maneras en las que Dios continúa derramando misericordia y esperanza, incluso contra todo pronóstico.
Para mí, comunicar es, ante todo, aprender a mirar: mirar aquello que muchas veces permanece oculto, escuchar a quienes pocas veces son escuchados y acercar sus historias a otros para crear conciencia y colaboración.
Creo que hoy existen nuevas formas de ser apóstol: llevar un celular, una computadora, un micrófono o una cámara y ponerlos al servicio de las historias de quienes han conocido el dolor, pero también han sido testigos de la misericordia y la esperanza.
Esta es mi manera de ser misionera, de vivir la vocación consagrada, de contribuir al Reino de Dios y de encontrar sentido a mi vocación como comunicadora. Porque hay historias que no piden protagonismo; solo necesitan que alguien tenga el valor de detenerse, mirarlas y no pasar de largo.
