Hna. Liliana Graciela Andrada con un niño de 7años, quien representa a san Francisco de Asís en el colegio María Reina en Santiago de Chile, (Foto: cortesía Liliana Andrada)
Hace varios años, cuando era maestra de tercer grado en una escuela primaria de la provincia de Santa Fe en Argentina, durante una clase de Lengua estábamos leyendo un cuento sobre un leñador que había recibido la oportunidad de pedir tres deseos concedidos por un ser fantástico. Sin embargo, por su ambición y su poco entendimiento, pidió cosas sin sentido y terminó desperdiciando las tres opciones.
En el diálogo con los niños fueron surgiendo distintas opiniones. Algunos pensaban que la mayor pobreza del personaje era su ignorancia; otros, que era su mezquindad. Poco a poco fuimos llegando a una idea que parecía dejarnos tranquilos a todos: ser pobre materialmente no es malo.
En ese momento, Sergio, uno de los alumnos, dijo con total sencillez: "Ser pobre no es malo, es triste".
Sentí que se me helaba la sangre. No tanto por la frase, sino por quien la decía.
Sergio sabía mejor que ninguno lo que era la pobreza. Había sido abandonado junto a sus hermanos y encontrado por la policía en estado de desnutrición, al borde de la muerte. Sus abuelos paternos lo habían criado con lo poco que tenían, pero con amor constante. A pesar de todo, era un niño con una sonrisa contagiosa, con una alegría que brotaba de un corazón agradecido. Su actitud siempre me interrogaba, porque en él convivían la carencia material y una riqueza interior difícil de comprender para quienes creemos tenerlo todo.
"En la vida religiosa se nos enseña a abrazar la pobreza como forma de vida (...). Es un desapego voluntario. (...) Es muy distinta de la pobreza impuesta por la sociedad, la injusticia o el infortunio de la vida": Hna. Liliana Andrada
Con el paso del tiempo, esa escena volvió muchas veces a mi memoria, especialmente al confrontarla con mi propia vida y con el camino de fe que elegí. Pienso, por ejemplo, en aquel momento de la vida de san Francisco de Asís en que devuelve a su padre, Pedro Bernardone, todo lo que poseía —sus vestidos, el dinero, su seguridad— y se entrega a lo que él llamaba la "santa dama pobreza", a la que acoge como esposa, honra y adopta como forma de vida.
Este año, en el que celebramos el jubileo por los 800 años de su muerte —una gracia concedida por el papa León XIV—, esa escena adquiere para mí una luz particular. No se trata solo de recordar un hecho del pasado, sino de volver a preguntarme qué significa hoy vivir la pobreza desde el Evangelio.
También vuelvo a mi propia consagración y a los votos de pobreza, castidad y obediencia que un día pronuncié. Con los años he ido comprendiendo que no son caminos separados, sino dimensiones de una misma entrega, tal como aparece en el saludo a las virtudes atribuido a Francisco: quien vive una sin faltar a las otras, de alguna manera las contiene a todas.
En la vida religiosa se nos enseña a abrazar la pobreza como forma de vida, a desprendernos de todo afecto, de las cosas materiales, de costumbres innecesarias y hasta de la familia y de los recuerdos. Es un desapego voluntario. Se comienza a amar de otra manera, y Dios nos da el ciento por uno en casas, padre, madre y hermanos. Esta pobreza evangélica da fuerza, alegría, creatividad y libertad. Es muy distinta de la pobreza impuesta por la sociedad, la injusticia o el infortunio de la vida.
Leyendo los escritos de Francisco de Asís se descubre que entendió profundamente la desapropiación y la restitución como una forma de devolverle al pobre lo que le corresponde. Decía que lo que a nosotros nos sobra no es nuestro, sino de aquel hermano que no lo tiene, y por eso debemos restituirle esos bienes. "Por esto, si alguna vez le sucedía encontrarse con una persona más pobre que él en su porte exterior, al instante se reprochaba a sí mismo, animándose a igualarla…" (San Buenaventura, Leyenda Mayor 7,6). En otra ocasión, al encontrarse con un hombre casi desnudo, dijo: "Gran vergüenza debe causarnos la indigencia de este pobre. Nosotros hemos escogido la pobreza como nuestra más preciada riqueza, y he aquí que en este resplandece más que en nosotros". Veía en ellos a Jesús pobre y humilde, y quería imitar a su Maestro en todo.
Muchas veces me planteo mi vivencia de esta virtud. Jesús dice en las bienaventuranzas: "Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos". Y esto me lleva a pensar que hay otra forma de ser pobre: la humildad, la paciencia, la obediencia, la honestidad, la bondad, tantas actitudes que también hablan de pobreza.
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Pienso también que nos hemos acostumbrado a calificar a la gente como 'pobrecitos', como si esa palabra añadiera una cuota de compasión o de bondad. Decimos 'pobre' porque alguien carece de recursos, porque perdió a un ser querido, sufrió un accidente, fue abandonado o incluso porque intentó quitarse la vida. Pero no son pobres por sus carencias. Son personas que merecen nuestra misericordia, nuestra bondad y nuestra oración.
Aquellos que sufren soledad, enfermedad, rencor, desprecio, marginación, opresión o esclavitud, muchas veces no encontraron en sus prójimos compañía, atención, perdón, valoración, integración o libertad. No hemos sabido ser prójimo de ellos, o tal vez nosotros mismos somos uno de ellos.
La desapropiación de la que habla san Francisco —no sentir que las cosas, las personas o las circunstancias son mías— es una actitud que debemos replantearnos cada día. Es abandonarnos íntegra y totalmente en las manos de un Dios Padre que nos cuida y es providente. Como la viuda pobre del Evangelio, no fue la cantidad lo que ofreció lo que mereció el elogio del Señor, sino su actitud de desprendimiento: dio todo lo que tenía para vivir, sin mezquindad ni cálculos. Todo para el Señor. Así debe ser también nuestra ofrenda de vida
Cuando yo era postulante, después de meditar el texto de los Hechos de los Apóstoles en el que los cristianos lo ponían todo en común, la maestra nos invitó a despojarnos de aquello superfluo que traíamos y a entregarlo para uso comunitario. No fue fácil. Teníamos muchos apegos: recuerdos, regalos, incluso objetos religiosos con un significado muy personal. Con el tiempo lo entendimos mejor: mientras menos apegos, más libres nos sentíamos.
Sergio, el niño que inspiró esta columna, me enseñó a reconocer en la pobreza la alegría, la fortaleza, la paz, la serenidad y la paciencia. Con su vida me enseñó a ser feliz con poco y a reconocer que la mayor riqueza está en saberse amado, cuidado y acompañado.
No se puede menos que agradecer su existencia.
"Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos".
