Daños causados por el terremoto del 10 de agosto de 2026 en la casa de la comunidad de la Hna. Cristina Ángel Castro, en el sector de Guacarí, a 10 kilómetros de Pereira, Colombia. (Foto: cortesía Cristina Ángel Castro)
Una imagen apocalíptica ha quedado grabada en la memoria de la hermana Cristina Ángel Castro desde aquel 10 de agosto de 2026, cuando vivió en carne propia el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia. Esa mañana se encontraba en el centro de Pereira, capital de Risaralda y una de las ciudades más afectadas, recogiendo unos medicamentos.
Una vez evacuada de la droguería, la religiosa de las Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y María confiesa que "nunca había vivido una situación similar". En medio de la confusión vio edificios desplomarse como naipes, escuchó gritos de desespero y explosiones por doquier que "se escuchaban como bombas".
Castro, presidenta de la seccional Pereira de la Conferencia de Religiosos de Colombia (CRC) y delegada del obispo para la Vida Consagrada, estaba cerca de la emblemática parroquia Nuestra Señora de Fátima, en la Avenida 30 de Agosto. Desde allí miró hacia la torre del templo, porque "tenía la certeza de que el Señor estaba ahí adentro", y se dispuso a orar.
En esos instantes pensaba también en sus hermanas de comunidad que viven en las afueras de Pereira, en la vía a Armenia, e intentaba comunicarse con ellas, pero las líneas telefónicas estaban colapsadas. "No sabía nada de ellas, ni de la gente, no sabía qué hacer", relata. Al poco tiempo logró hablar con la hermana superiora de su comunidad, quien le dijo que estaban bien. Castro regresó a su comunidad, donde las hermanas ya estaban reunidas en el patio por seguridad.
El terremoto, ocurrido a las 7:34 de la mañana con epicentro en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, fue calificado por el Servicio Geológico Colombiano como el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI.
Al 31 de agosto de 2026, el movimiento telúrico había dejado 331 fallecidos, 4505 heridos, 136 desaparecidos y 449 442 personas afectadas, según el último balance de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD).
Dos #HermanasCatólicas narran cómo vivieron el #TerremotoenColombia del 10 de agosto: en #Pereira, la Hna. Cristina Ángel Castro rezó por su comunidad; en #Cali, la Hna. Paula Andrea Naranjo evacuó a 68 ancianos en 20 minutos. #GSRenEspañol
"Es indescriptible presenciar tanta destrucción". La Hna. Cristina Ángel Castro, presidenta de la seccional Pereira de la Conferencia de Religiosos de Colombia y delegada episcopal para la Vida Consagrada de esta jurisdicción, relata cómo vivió el terremoto en el centro de Pereira el 10 de agosto de 2026. (Foto: cortesía Cristina Ángel Castro)
Después del fuerte remezón —que duró más de un minuto y medio, una eternidad para quienes lo vivieron— llegó la incertidumbre. Todo era un pandemónium: sin señal de telefonía móvil y una inmensa nube de polvo en el ambiente. En medio de esto, la religiosa quería llamar a sus hermanas de comunidad para saber cómo estaban, pero no se pudo comunicar con ellas. Por supuesto, la aguijoneaba otra preocupación: cómo llegaría a su casa. No había transporte, la situación era confusa; las calles, tapiadas con escombros y árboles caídos. Sin comunicación y desorientada, pensaba en la gran distancia que debía recorrer hasta su casa, en el sector de Guacarí, a unas tres horas caminando.
Por "obra de Dios" escuchó que alguien la llamaba. Se trataba de una familia a la que acompaña en uno de los proyectos pastorales de su comunidad. Ese vocativo en medio de la emergencia —"¡Hermana, hermana!"— era, según sostiene, la voz de Dios que le decía: "Confía".
Reunida con ellos pasó gran parte del día en su casa. Las horas fueron tensas, puesto que no había comunicación de ningún tipo ni electricidad, y nadie tenía conciencia de la magnitud de la tragedia. Hasta que la nieta del padre de familia "bajó con el carro" y la "llevaron a la comunidad".
Castro daba gracias a Dios por la vida, mientras contemplaba la ciudad sobre ruinas. "Es indescriptible presenciar tanta destrucción", decía, y en su corazón encomendaba a la Virgen a quienes lo habían perdido todo.
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Estructuras afectadas por el terremoto en Colombia, el 10 de agosto de 2026, en las inmediaciones de la droguería de Pereira donde la hermana Cristina Ángel Castro se encontraba retirando medicamentos. (Foto: cortesía Cristina Ángel Castro)
Un primer balance
Pasaron 24 horas para asimilar el trauma, hasta que el martes 11 de agosto Castro volvió a una inusitada normalidad: un oxímoron con el que ella misma resume sus 28 años de vida consagrada.
Tras el susto, ha retomado sus funciones como presidenta de la seccional Pereira de la CRC —que desempeña desde hace siete años— y como delegada para la vida consagrada de esta jurisdicción, nombrada por el obispo de Pereira, Nelson Jair Carona, desde hace un año.
Con un panorama más claro sobre el alcance del terremoto, Castro comenzó a visitar a otras comunidades de hermanas, empezando por las Concepcionistas, que son de clausura. "Su convento ha tenido afectaciones y estamos mirando a ver qué podemos hacer para apoyarlas", dijo.
La religiosa ha escrito al obispo para ponerlo al corriente a través del grupo de WhatsApp que ha creado para gestionar las ayudas. También ha llamado a otras comunidades, tanto femeninas como masculinas, entre ellas los Padres Vocacionistas, las Hermanas Pasionistas y las Hermanas de San Pedro Claver, que regentan un ancianato que resultó muy afectado. "La situación de ellas es complicada. Nos mandaron audios y, gracias a Dios, la gente comenzó a enviarles ayudas", indicó.
En Pereira se han establecido unas 20 congregaciones femeninas, pero no todas están en el casco urbano: muchas son rurales. Por ahora, la movilidad en la ciudad es limitada. Castro espera que, a medida que avancen las labores de rescate y remoción de escombros, pueda movilizarse.
El último balance entregado por el Puesto de Mando Unificado (PMU), con fecha de 16 de agosto, reporta en Pereira 95 fallecidos, 259 heridos y 251 desaparecidos. En cuanto a los daños materiales, registraba el colapso total de 66 edificaciones y afectaciones en 60 centros educativos y siete centros de salud.
Castro espera seguir comunicándose telefónicamente con las congregaciones y agradece a Dios que "no se ha reportado ninguna religiosa fallecida por el terremoto". Además, sigue sistematizando un balance de los daños y necesidades, por lo que está en contacto continuo con la CRC nacional. De momento, mantiene comunicación con Juan Carlos Buitrago, director del Banco de Alimentos de Colombia, para continuar canalizando ayudas a las comunidades religiosas.
En #Pereira, la Hna. Cristina Ángel Castro, #HijasDeLosSagradosCorazones, vio edificios desplomarse durante el #TerremotoenColombia del 10 de agosto. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
"Supliqué a Dios que nos salvara"
El Cali pachanguero del maestro Jairo Varela, una de las canciones de salsa más emblemáticas de esta ciudad y un canto a su espíritu festivo, hoy llora a sus muertos. La tercera ciudad de Colombia, ubicada al occidente del país, sufrió los estragos del terremoto. El último reporte de la alcaldía, del 23 de agosto, indica 153 muertos, 1657 heridos, 34 desaparecidos y 88 rescatados. Alejandro Eder, alcalde de esta ciudad, aseguró a Caracol Radio que para reconstruir Cali se necesitarán tres años y una inversión de 10 billones de pesos colombianos [3190 millones de dólares].
En medio de esta situación, la Congregación de las Hermanitas de los Pobres se viralizó en las redes sociales. Las religiosas regentan, desde 1993, Mi Casa, un hogar de ancianos ubicado en el barrio San Fernando, al sur de la capital.
Paula Andrea Naranjo, integrante de esta comunidad, narró los momentos de pánico que vivieron con los 68 ancianos. Eran las 7:34. Estaban en la eucaristía, cuando —en el rezo del Gloria— comenzó el terremoto. "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres". Las alarmas y los gritos interrumpieron la jornada. "Se sintió muy fortísimo el temblor", dijo Naranjo. Todos se encontraban en el segundo piso.
"Hay una placa grandísima en la capilla que se vino abajo, pero una de las empleadas logró apartar a uno de los abuelos", relató. Milagrosamente ninguno de los ancianos resultó lesionado.
Naranjo, después del fuerte bamboleo del edificio, pudo ponerse a resguardo con algunos ancianos en una fuente cercana al patio que usan como punto de encuentro. "De rodillas supliqué a Dios que nos salvara", dice. En esos segundos de terror, sintió que iban a morir, pero en 20 minutos, con apoyo de otras hermanas y empleados, lograron evacuar a los ancianos.
La religiosa no duda de que la mano de Dios estuvo allí. La ardua tarea de bajar ancianos postrados y en sillas de ruedas en tan corto tiempo y con amenazas de réplicas, fue para ella una proeza divina y, por supuesto, también "una diligencia terrenal" de los colaboradores.
Lo cierto es que la casa quedó inhabitable: hay muros a punto de caerse con solo tocarlos; y el segundo piso quedó con mayores daños.
Mientras todos se reponían del impacto, ese primer día las hermanas estuvieron solas. "El shock era total", relata Naranjo, porque la congregación en Cali "tiene solo tres activas" y las otras "están en silla de ruedas". La religiosa se sintió muy impotente. Ese día, las Misioneras de la Caridad, fundadas por Santa Teresa de Calcuta, les llevaron almuerzo.
Tras viralizarse en las redes sociales y aparecer en la televisión nacional, comenzaron a llegar muestras de solidaridad. Las Hermanitas de los Pobres tenían resguardados a los ancianos en el área del teatro —la única zona habitable por el momento— cuando aparecieron voluntarios. "¡Dios mío bendito!", exclamó al ver cómo su párroco, el grupo Effetá, los padres Eudistas y personas del barrio acudieron a recoger escombros.
De todo Cali y el país comenzaron a llegarles ayudas y oraciones, porque en medio de estas circunstancias "nadie se ha quedado indiferente". En los días siguientes fueron trasladando a los residentes de Mi Casa a otros ancianatos. Esta ha sido la parte más dolorosa para Naranjo y su congregación.
La Hna. Paula Andrea Naranjo acompaña a uno de los residentes de la casa hogar de las Hermanitas de los Pobres en Cali, afectada por el terremoto en Colombia del 10 de agosto de 2026. El personal de apoyo fue clave para evacuar a los adultos mayores durante la emergencia. (Foto: cortesía Paula Andrea Naranjo)
Esperanza que no defrauda
La Hna. Naranjo señala que sería prematuro hablar de cierre total del ancianato o de reconstrucción. Ella prefiere aguardar un estudio más riguroso de la estructura, aunque admite que algunas paredes se han venido cayendo, incluso después de varios días del terremoto. Es un riesgo latente
La religiosa agradece de todo corazón las ayudas recibidas; sin embargo, advierte que ya no necesitan alimentos no perecederos, pañales o artículos de limpieza. "Porque nosotras ya no tenemos abuelitos aquí", afirma con un nudo en la garganta. Las Hermanitas de los Pobres estiman quedarse algunos días más a cuidar lo que queda "con la protección de Dios y de un vigilante".
Esperar. Es el verbo que Naranjo conjuga. Lo que sí requieren es dinero para poder costear estudios fundamentados de habitabilidad del ancianato Mi Casa en Cali. Para ello han habilitado un número bancario en nombre de las Hermanitas de los Pobres para recibir donaciones en pesos colombianos.
En #Cali, la Hna. Paula Andrea Naranjo, #HermanitasDeLosPobres, evacuó a 68 ancianos tras el #TerremotoenColombia del 10 de agosto. #HermanasCatólicas #GSRenEspañol
También están muy atentas a los lineamientos que reciban desde Francia, sede central, que a través de su madre general, María del Monte Auxiliadora, está siguiendo de cerca el caso. Naranjo enfatiza que no pueden hablar de reconstrucción para "no engañar a nadie".
¿Cómo harán en Cali las hermanas para reponerse de este revés? La Hna. Naranjo, respira hondo y responde: "Cada día tiene su afán". Y añade que estarán atentas a lo que les pide el Espíritu Santo en estos momentos a través de sus superioras.
Un largo hilo de silencio interrumpe la conversación. En 20 años de consagrada no había entrado nunca "en un desierto así". Naranjo llora, siente que el "alma se le parte en dos" al saber que no volverán a ver a los "abuelos" que tan bien cuidaron y a quienes regalaron "amor durante tantos años".
Los 68 ancianos han sido repartidos por todo el país. Naranjo atesorará en su corazón esos momentos de servicio y entrega, porque en cada uno de esos "abuelos" encontró el rostro de Cristo. La vida puede cambiar en solo dos minutos, pero las Hermanitas de los Pobres saben muy bien que, a pesar de la incertidumbre, "la esperanza no defrauda".
