ENTREVISTA | Hna. Anna Koop, trabajadora católica que atiende a las personas sin hogar de Denver

“En muchos sentidos, Denver es un lugar maravilloso para vivir, pero no para los pobres”, advierte la hermana Anna Koop desde  la Casa del Trabajador Católico de Denver. (Foto: Georgia Perry)

“En muchos sentidos, Denver es un lugar maravilloso para vivir, pero no para los pobres”, advierte la hermana Anna Koop desde  la Casa del Trabajador Católico de Denver. (Foto: Georgia Perry)

Traducido por Purificación Rodríguez Campaña

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Un lugar al que llamar hogar. (Imagen: GSR logo/Toni-Ann Ortiz)

Nota del editor: Más de 1600 millones de personas en todo el mundo viven en viviendas precarias. De ellas, al menos 150 millones carecen de hogar. En esta serie especial, Un lugar al que llamar hogar, Global Sisters Report se centra en las religiosas que ayudan a las personas sin hogar o que carecen de una vivienda adecuada. En próximas entregas examinaremos cómo la falta de hogar y de vivienda asequible afecta a adolescentes y jóvenes adultos, familias, migrantes, ancianos y desplazados por desastres naturales y el cambio climático en historias de Kenia, India, Vietnam, Irlanda, Puerto Rico, Filipinas, Estados Unidos y otros lugares.

La Hna. Anna Koop, de las Hermanas de Loreto, es una activista en materia de vivienda afincada en Denver, fundadora de la Casa del Trabajador Católico de Denver en 1978. Este espacio, originalmente tenía nueve dormitorios, pero en 2016 quedó destruido en un incendio. En 2018, reabrió con una nueva forma: una casa de cuatro dormitorios en un bloque de unidades de bajos ingresos, compradas y operadas por la organización [de la Casa] del Trabajador Católico a lo largo de los años.

La ciudad de Denver, que es la decimonovena área metropolitana más grande de Estados Unidos, ha experimentado un crecimiento demográfico de casi el 20 % desde 2010 y la tendencia continúa. Junto con ello, Denver tiene el mercado de la vivienda más competitivo de Estados Unidos, según Forbes, y una creciente población de personas sin hogar. Una de las medidas que está tomando la ciudad para hacer frente al crecimiento de la población es la actualización de una ley que limita de dos a ocho el número de adultos no emparentados que pueden compartir una vivienda.

Por favor, díganos cómo usted u otras hermanas en su comunidad están trabajando en el ministerio ayudando a las personas sin hogar, proporcionando viviendas asequibles, o abogando para hacer frente a los problemas de vivienda, y lo añadiremos a un mapa interactivo de GSR. Haga clic aquí para rellenar el formulario.

Koop ha apoyado abiertamente estos cambios. Se sentó a hablar con Global Sisters Report sobre la Casa del Trabajador Católico; el crecimiento, el aburguesamiento y la falta de vivienda en Denver en general; y cómo la pandemia de la COVID-19 afecta a su ministerio.

GSR: ¿Cuándo empezó a interesarse por la vivienda?

Koop: Mi trayectoria es larga. Llevo trabajando en el sector de la vivienda desde los años setenta. Por aquel entonces trabajaba para los Servicios Comunitarios Católicos de Denver. Una de nuestras peticiones a la ciudad era que creara un grupo de trabajo sobre vivienda de la alcaldía. Con ello, ayudamos a formar la política de vivienda de la ciudad. Se propusieron algunas buenas leyes sobre inquilinos y propietarios. Nos sentimos muy bien al respecto.

Al final me sentí bastante desencantada con la ciudad y el Estado, con el proceso político que, en última instancia, no se preocupaba mucho por la gente que me importaba, la gente que no podía alojarse por sí misma. No había viviendas de emergencia. Es decir, los refugios se construyeron después de esa época. Ni siquiera sé si teníamos ‘personas sin hogar’ en nuestro vocabulario en ese momento. Era más como ‘viajeros en camino’ o algo así.

Dejé los Servicios Comunitarios Católicos, me tomé un año sabático en Santa Fe y volví con la intención de crear la Casa del Trabajador Católico de Denver. Llegué a la conclusión de que el proceso político no lo estaba consiguiendo; debía pensar en aportar algo yo misma.

La primera Casa del Trabajador Católico de Denver tenía nueve habitaciones. La convivencia de tantos adultos sin parentesco va en contra de la actual política de vivienda de la ciudad, que limita la convivencia a más de dos adultos sin parentesco. ¿Cómo funcionaba?

Treinta y ocho años vivimos en la casa y nunca tuvimos un permiso. Nunca. Siempre la consideramos nuestra casa y las personas que vivían allí eran nuestros huéspedes. No es una organización sin ánimo de lucro. No funciona como una agencia o un programa. Simplemente ofrece hospitalidad según la tradición [de la Casa] del Trabajador Católico, que consiste en vivir lo más igualitariamente posible con la gente que está aquí y funcionar con ayuda voluntaria.

La primera Casa del Trabajador Católico se quemó en 2016, y en 2018 se reubicó en una casa de cuatro dormitorios. ¿Cómo ha sido el proceso desde el punto de vista de la política de vivienda de la ciudad?

Fuimos a la ciudad para hablar de un permiso para la casa. No puedo decir que el ayuntamiento no fuera amable. Trabajaron con nosotros; intentaron encontrar algo. Pero cada vez que encontraban algo, no servía porque la situación [de la Casa] del Trabajador [Católico] es muy diferente. La normativa actual solo permite dos adultos sin parentesco, pero la responsable de urbanismo se puso de nuestro lado y consiguió aumentar el número a cuatro adultos sin parentesco para obtener el permiso. Así que conseguimos el permiso. Pero no estamos al máximo de nuestra capacidad. Tenemos una habitación arriba que no está ocupada debido a esa condición.

Ahí es donde entra en juego la [propuesta de cambio de la ordenanza municipal sobre alojamiento en grupo]. Ocho es más o menos lo que pensamos que sería la capacidad aquí. Hay un dormitorio abajo y tres arriba. Uno de ellos es una gran sala familiar. Eso es lo que esperamos que suceda en algún momento de este verano, tal vez.

¿Puede hablar de lo que supone para la psique de una persona tener una habitación?

Creo que es un gran alivio. [Nuestros huéspedes actuales son] un hombre y su hijo de la República del Congo. Hablamos mucho sobre a quién acogeríamos en casa y nos decidimos por los inmigrantes.

Por supuesto, sabemos que están a nuestro alrededor y que tienen una gran necesidad, ya que la política de inmigración está cambiando de forma horrible y los solicitantes de asilo tienen que esperar mucho, mucho tiempo y, en general, llegan a este lugar sin recursos. Durante algún tiempo estuvieron totalmente en el nivel de supervivencia. Estar en un lugar donde hay comida, gente acogedora y una sensación de familia, gente que se preocupa de verdad por ellos, es muy importante. Tenemos una comida semanal y rezamos.

Siempre esperamos que en el proceso se produzca algún tipo de empoderamiento. En la antigua casa, el horario era que tenías que estar fuera de casa entre las 9 de la mañana y las 4 de la tarde. Así que la gente tenía que estar fuera, trabajando en sus vidas, y si podían trabajar, tenían que estar buscando empleo y ese tipo de cosas.

En los primeros tiempos [de la Casa ] del Trabajador [Católico], la gente podía rehacer su vida en un par de meses porque conseguían un trabajo que les diera un salario digno y una vivienda. En los últimos años, a partir de la década de 2000, tuvimos gente con nosotros durante un año [sin encontrar trabajo ni vivienda]. Llegamos a un punto en el que no podíamos exigir a la gente que se fuera de casa a una hora determinada. Hablábamos con personas que no parecían estar trabajando, pero entendíamos que simplemente no había viviendas disponibles. ¿Cómo podíamos exigirles eso cuando no era posible?

¿Podría hablar más sobre esa evolución que ha presenciado a lo largo de los años, del aumento de personas sin hogar y la disminución de viviendas disponibles en Denver?

En los últimos tres años, los impuestos sobre la propiedad de estas viviendas han subido un 100 %. Eso es una barbaridad. Y es solo un indicio de hacia dónde se dirige la vivienda en la ciudad. En los años 80 alquilábamos un apartamento [en este mismo barrio] por 150 dólares [al mes]. La diferencia ahora es de más de 1000 dólares por una habitación. Es una diferencia enorme. El precio ha superado el de un estrato de nuestra población.

"Ojalá pusiéramos un tope al crecimiento. Ojalá dijésemos: ‘No más crecimiento hasta que nuestros residentes tengan vivienda’", expresó la hermana Anna Koop. (Foto: Georgia Perry)

"Ojalá pusiéramos un tope al crecimiento. Ojalá dijésemos: ‘No más crecimiento hasta que nuestros residentes tengan vivienda’", expresó la hermana Anna Koop. (Foto: Georgia Perry)

Denver se está convirtiendo en una ciudad de clase media. Los pobres viven en la calle en tiendas de campaña. Diría que las tiendas empezaron en los últimos tres años. El alcalde aprobó la prohibición de acampar. A pesar de todo, el alcalde no dejará de lado la prohibición de acampar. Simplemente no lo hará. [Ha habido] muchos intentos de acudir a él. Lo que no quiere decir que no haya gente bienintencionada en el ayuntamiento.

En muchos sentidos, Denver es un lugar maravilloso para vivir, pero no para los pobres. Nos lamentamos de que no haya infraviviendas, propiedades que no pasarían la inspección. Eso es lo que solía estar disponible a 100, 150 dólares al mes o lo que fuera. Y simplemente desapareció.

Hace unos años, creo que las cifras eran estas: “Necesitamos 30 000 unidades de 'vivienda asequible'”. Así que te preparas para construir viviendas asequibles, y consigues todo ese dinero, etc., y la gente de abajo no recibe ningún servicio. Las personas que más lo necesitan siguen sin ser atendidas porque son las que no tienen ingresos, no solo las que tienen ingresos bajos.

Una cosa que diría de la política de vivienda que es realmente buena es que no lo derriban todo. Se ha hecho un esfuerzo constante por conservar las viviendas que existen. Son viviendas de principios de siglo. Eso es bueno. Lo malo es que la gente se centra en renovarlas, y los barrios se aburguesan, por lo que los pobres tienen que marcharse.

¿Cuál es su impresión de cómo está abordando Denver el aburguesamiento en comparación con el resto de Estados Unidos?

Hay una crisis inmobiliaria en el país. Denver es especialmente atractivo para que la gente se mude aquí. Y lo único que están haciendo, que no me preocupa especialmente, es la producción de viviendas. Realmente están fomentando el crecimiento. Y no creo que sea una buena idea. Pero, por supuesto, todos los alcaldes van a impulsar eso porque así es como se tiene éxito siendo alcalde. Te estás expandiendo. La ciudad crece. Todo es hermoso en Denver.

Ojalá pusiéramos un tope al crecimiento. Ojalá dijésemos: “No más crecimiento hasta que nuestros residentes tengan vivienda”. Simplemente no más. No más permisos de construcción hasta que la gente de aquí esté alojada. Y uno oye: “Bueno, eso no puede ser. Tenemos que construir viviendas para ellos”. Eso no es necesariamente cierto. Hay lugares que se pueden reformar. Hay edificios que se pueden rehabilitar de alguna manera. Tenemos moteles en ruinas por todas partes. Hay que recogerlos y ponerlos a disposición a un precio muy razonable. Hay muchas alternativas.

La situación puede cambiar. No me siento desesperanzada. Pero no hay que hacer las cosas a la vieja usanza capitalista: si construyes viviendas, deberías poder ganar mucho dinero. Tienes que recuperar tu dinero. No solo eso, tienes que obtener beneficios.

¿Así que pensar en la vivienda como una forma de generar beneficios está reñido con su filosofía?

Lo está. Debería ser un derecho humano básico. Debería ser como el seguro médico. Vivienda para todos.

¿Cómo ha afectado el coronavirus a su trabajo con la Casa del Trabajador Católico?

Probablemente lo más difícil para mí fue la decisión de dejar de entrar y salir de la Casa del Trabajador Católico. Soy una de esas personas vulnerables por mi edad y soy diabética. Todavía tenemos contacto con la gente por teléfono y conversaciones ocasionales en el exterior manteniendo la distancia de seguridad.

Es duro estar socialmente distanciado de gente a la que intentas apoyar, y todos tienen sus problemas. No cabe duda de que hemos recibido muestras de amabilidad de nuestros amigos, que nos han traído comida y suministros, y tenemos la sensación de que la gente en general hace lo que puede para ayudar a los menos privilegiados.

La ciudad de Denver junto con una organización sin ánimo de lucro, Colorado Coalition for the Homeless, ha conseguido recientemente varios cientos de habitaciones de hotel para que las personas sin hogar puedan alojarse durante la pandemia de coronavirus. ¿Qué le parece la respuesta de la ciudad?

Siento un nuevo aprecio por el alcalde, su equipo de vivienda y el ayuntamiento. Dar alojamiento, atención sanitaria y alimentos a unos 800 hombres y mujeres no es tarea fácil.

Como tantas otras cosas durante este virus, estamos aprendiendo que donde hay voluntad, hay un camino. El reto será cuando nos alejemos de las necesidades durante la época del virus, muchas de las cuales ya existían antes del mismo. ¿Habrá voluntad política y económica para abordar realmente nuestras crisis de vivienda y atención sanitaria, por no mencionar las desigualdades económicas tan frecuentes en nuestra sociedad? En mi opinión, va a ser necesario un cambio sistémico masivo que proceda de un lugar mucho más generoso del que he visto operar en nuestros sistemas durante décadas.

[Georgia Perry es periodista en Denver]

Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 21 de abril de 2020. 

 

This story appears in the A Place to Call Home feature series. View the full series.