El panel La Vida de junio trae los testimonios de cuatro hermanas sobre las enseñanzas recibidas en sus años de formación que siguen hoy guiando sus decisiones. En la imagen, la Hna. Adriana Pérez durante su noviciado en 2007, en la casa de retiro Mansión de Paz de las Hermanas Mercedarias, en Córdoba, Argentina. (Foto: cortesía Adriana Pérez)
No todo lo que aprendemos en la formación revela su importancia de inmediato. Ciertas enseñanzas, como una palabra escuchada al pasar, un hábito cotidiano o una experiencia concreta, necesitan años para mostrar toda su profundidad. Y, muchas veces, son esas lecciones las que terminan sosteniendo y orientando la vida de las hermanas.
La formación comienza en una etapa determinada, pero la hondura de lo aprendido se va descubriendo con los años y, muchas veces, tarda una vida entera en revelarse.
Este mes, las hermanas comparten en el panel La Vida una enseñanza recibida en sus años de formación que aún hoy las sorprende o sigue guiando sus decisiones.
Cuatro hermanas comparten en #panelLaVida cómo las lecciones durante la #VidaReligiosa —de maestros, hermanas de comunidad y personas a quienes sirven— siguen dando forma a su vocación y sosteniendo su fidelidad. #GSRenespañol
La Vida, testimonios de la vida consagrada
Adriana Pérez nació en Villaguay, Entre Ríos, Argentina. Tiene cinco hermanos y entró a la Congregación de Hermanas Mercedarias del Niño Jesús a los 19 años, adoptando la espiritualidad de la caridad redentora. Hizo su profesión religiosa en 2008. Es profesora en Ciencias Sagradas y licenciada en Educación Religiosa. Actualmente anima la comunidad de Firmat, Santa Fe, y enseña en el nivel secundario del Colegio Virgen de la Merced. Continúa su formación en ambientes cuidados y prevención de abusos.
Mirando hacia atrás, hay algo que sigue sorprendiéndome y guiando mis decisiones: descubrir cómo la consagración cambia de rostro con el paso de los años.
Cuando era más joven, el fervor se expresaba de manera más visible. Había entusiasmo, impulso y ganas de hacer, participar y estar presente en todo. La oración misma estaba llena de palabras, sentimientos intensos y búsquedas concretas. Con el tiempo descubrí que el verdadero fervor no desaparece, sino que se transforma. Se vuelve más silencioso y profundo, menos dependiente de las emociones y más arraigado en la fidelidad cotidiana. Aprendí que también es fervor permanecer, sostener, confiar y seguir adelante, aun cuando no todo se vive con la misma intensidad de los comienzos.
Algo parecido ocurrió con la oración. Antes buscaba decirle muchas cosas al Señor; hoy valoro más la posibilidad de estar con Él. La vida me ha enseñado que la oración no siempre consiste en encontrar respuestas, sino, muchas veces, en permanecer en su presencia y dejar que Él modele el corazón.
También los vínculos dentro de la vida consagrada adquirieron otro matiz. En los primeros años, una imagina que el grupo con el que comparte la formación y la misión será siempre el mismo. Sin embargo, la vida enseña que los caminos cambian.
(Foto: Unsplash)
Algunas hermanas parten hacia otras comunidades; otras eligen proyectos diferentes; algunas dejan la vida consagrada y otras regresan a la Casa del Padre. Cada despedida deja una huella y obliga a aprender, una vez más, el arte de amar sin poseer, agradecer los encuentros y aceptar que Dios conduce la historia de cada persona por caminos que muchas veces no comprendemos del todo.
Quizás uno de los mayores aprendizajes para mí ha sido descubrir que mi consagración no consiste tanto en hacer grandes cosas para Dios como en dejar que Él haga su obra en mí. Con los años, mis certezas se han vuelto más sencillas, mis prioridades más claras y mi confianza más profunda. Sin embargo, lo esencial permanece: la llamada de Dios para mi vida sigue siendo la misma, aunque yo vaya cambiando.
Tal vez allí resida la belleza del camino recorrido: compruebo que, a través de las alegrías y las pérdidas, los encuentros y las despedidas, el Señor ha permanecido siempre fiel.
"El verdadero fervor no desaparece, sino que se transforma. Se vuelve más silencioso y profundo, menos dependiente de las emociones". Hna. Adriana Pérez sobre enseñanzas vigentes de sus años de formación #panelLaVida #GSRenespañol
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Alicia Antonia Rotela Segovia es una religiosa consagrada de la Compañía Santa Teresa de Jesús en Paraguay. Estudió profesorado en Cultura Religiosa con especialidad en Ética en el Instituto Superior Salesiano de Estudios Filosóficos Don Bosco, en Asunción, Paraguay. Cuenta con una licenciatura en Psicopedagogía por la Universidad Iberoamericana, también en Asunción. Actualmente concluye su formación en Teología Espiritual en el Instituto de Espiritualidad Santa Teresita del Niño Jesús en Quito, Ecuador. Ha trabajado como docente y coordinadora de pastoral en el sur de Paraguay. Actualmente es coordinadora de la Pastoral Juvenil Vocacional de la Provincia Teresiana. Reside en San Juan Bautista de las Misiones, Paraguay.
Me sorprende descubrir cómo lo aprendido ha dejado de ser una enseñanza para convertirse en la brújula que orienta cada una de mis decisiones. Lo que más me asombra es comprender que la vida consagrada es un camino de transformación continua, en el que cada experiencia revela el amor de Dios y me configura, poco a poco, a su imagen y semejanza.
El primer pilar fundamental ha sido el conocimiento propio. Aprendí que no puedo entregar lo que no conozco. Reconocer mis luces y sombras, mis deseos y límites, no es egoísmo, sino la base necesaria para amar con libertad y verdad.
Este descubrimiento me condujo al centro de todo: la amistad con Jesús. Lo que al principio vivía como una práctica espiritual, hoy es el pulso de mi existencia. Hablar con Él, escucharlo y compartirle todo se ha vuelto esencial, porque es en esta amistad donde encuentro el sentido y la fuerza para seguir adelante.
Junto a Él he descubierto también que la comunidad es el lugar privilegiado del discernimiento y del envío a la misión. En la vida compartida, la oración y la ayuda mutua, Dios me muestra su voluntad. Asimismo, me ha enseñado a contemplar la realidad como un espacio teológico al descubrir que Dios habita en la historia, en la vida de las personas, en sus alegrías y dolores, y que es allí donde debo encontrarlo y anunciarlo.
(Foto: Unsplash)
Entonces la misión deja de ser solo una serie de tareas y se convierte en una manera de ser: un signo vivo del Evangelio en todo lo que soy y hago. Vivirme en misión sigue siendo para mí una hermosa novedad.
Para sostener este ritmo, dos elementos han sido esenciales. El primero es la presencia de un acompañante espiritual que, con sabiduría, me ayuda a interpretar lo que Dios obra en mí. El segundo es la necesidad de cultivar el silencio y la soledad, espacios indispensables para escuchar su voz y no perderme en el ruido o en la actividad desmedida.
Otra lección que me llena de paz es aprender a celebrar la fidelidad de Dios en mi propia fidelidad. He descubierto que mi constancia no depende de mis fuerzas, sino de que Él permanece fiel incluso cuando yo me alejo o me pierdo un poco. Él siempre vuelve a encontrarme.
Finalmente, he descubierto una verdad que me ha liberado: vivir la obediencia amorosa como un camino de abandono en Dios. Obedecer no significa someter mi voluntad, sino confiar plenamente en que, a través de la comunidad y quienes me acompañan y guían, Dios sabe lo que es mejor para mí y me conduce hacia la plenitud.
Estas lecciones, hechas vida, son hoy el fundamento de mis decisiones. Me sorprende ver cómo Dios ha ido tejiendo su proyecto en mí y me invitan a seguir diciendo sí, con la certeza de que quien comenzó esta obra la llevará a buen término.
"Vivirme en misión sigue siendo para mí una hermosa novedad": Hna. Alicia Rotela sobre enseñanzas vigentes de sus años de formación #panelLaVida #GSRenespañol
Daniela Cannavina es una religiosa capuchina de la Madre Rubatto (HCMR). De nacionalidad argentina, es profesora en Ciencias Religiosas por el Instituto Lumen Christi (Córdoba, Argentina) y doctora en Teología por la Pontificia Universidad Bolivariana (Medellín, Colombia). Acaba de terminar su servicio como secretaria general de la Confederación Latinoamericana de Religiosos y Religiosas (CLAR).
La mirada retrospectiva sobre la propia vida nos permite volver a aquellas experiencias fundantes que sostuvieron los primeros pasos, los que estrenaron el don de la vocación y los que hoy siguen marcando rumbo a las incansables búsquedas.
Al recorrer mi camino formativo en la congregación reconozco, como uno de los aprendizajes más valiosos, el haber conservado mi propia identidad con los dones, capacidades y rasgos que Dios sembró en mí. Esto significó no quedar atrapada en el molde rígido de lo que, años atrás, se entendía como el 'porte religioso', un modelo que con frecuencia se utilizaba incluso como criterio para evaluar la autenticidad de la vocación. Haber podido crecer sin renunciar a mi singularidad me ayudó a comprender que la llamada de Dios no uniforma, sino que integra, potencia y pone al servicio de la misión la riqueza única de cada persona.
Las exigencias, las incomprensiones, ciertas rigideces y los estilos propios de aquel tiempo también se convirtieron en una escuela de vida. Aunque no siempre fueron fáciles de transitar, me ayudaron a desarrollar resiliencia y a reconocer el paso de Dios aun cuando el camino se volvía incierto o poco claro. En el vaivén de los días fui aprendiendo a cultivar un corazón disponible, atento a las necesidades de quienes me rodeaban y sensible a esos pequeños detalles que sostienen la vida fraterna.
La oración, el estudio, las tareas cotidianas de la casa y la vida compartida formaban parte de un mismo proceso de aprendizaje. Todo sumaba. Cada experiencia, por sencilla que pareciera, contribuía a modelar una manera de estar en el mundo y de vivir la consagración. Con el paso de los años comprendí que la formación no consistía solamente en adquirir conocimientos o incorporar determinadas prácticas, sino en permitir que el Evangelio fuera tomando forma en la propia vida, configurando el corazón y ensanchándolo para Dios, para las hermanas y para la misión.
La Hna. Daniela Cannavina, acompañada por su familia, durante su primera profesión religiosa en la Congregación de las Hermanas Capuchinas de la Madre Rubatto, en Rosario, Argentina, el 19 de agosto de 1990. (Foto: cortesía Daniela Cannavina)
El contacto con la misión educativa y barrial, junto al testimonio de personas profundamente entregadas, ensanchó mi mirada y fortaleció el deseo de hacer de mi vida un servicio desde abajo. Los pobres fueron convirtiéndose, poco a poco, en los verdaderos maestros de mi vocación. En ellos descubrí una sabiduría evangélica capaz de orientar mis búsquedas, purificar mis motivaciones y dar profundidad a mis opciones. Ellos me enseñaron el valor de la sobriedad, el uso responsable de los bienes, la capacidad de relativizar aquello que no es esencial y la importancia de dedicar la vida a lo que realmente construye el Reino. Aún hoy sigo reconociéndolos como los genuinos padres y madres, maestros de mi vocación, porque en su sencillez, en su lucha cotidiana y en su esperanza obstinada, me revelaron el rostro cercano de Dios y me enseñaron caminos concretos para seguir a Jesús.
Hoy, a tantos años de distancia de aquellos primeros tiempos, mi corazón se llena, sobre todo, de gratitud. Gratitud por lo vivido, por lo aprendido, por las personas que acompañaron el camino y por la fidelidad de Dios que nunca dejó de sostenerme. Y sigo aquí, sentada a los pies del Maestro y de la historia cotidiana, dejándome enseñar por la vida, mientras Dios continúa tejiendo conmigo, hilo tras hilo, la maravillosa historia que soñó para mí desde siempre.
Y si hay algo en este recorrido de vida que no quisiera perder jamás, es la capacidad de dibujar una sonrisa y de poner una pizca de alegría a mi alrededor. En ello expreso la alegría de saberme amada por Dios y la felicidad de la vocación recibida, más allá de haber deseado que algunas cosas hubieran sido diferentes.
“Los pobres fueron convirtiéndose, poco a poco, en los verdaderos maestros de mi vocación”: Hna. Daniela Cannavina sobre enseñanzas vigentes de sus años de formación #panelLaVida #GSRenespañol
Elsa Viviana Porcario ingresó a la vida consagrada en 2000. Desde 2017 anima un nuevo camino de consagración en la Fraternidad de Servidoras de los Más Pobres. Actualmente reside en Hipólito Yrigoyen, Salta, Argentina. Es docente, diplomada universitaria en Formación para Formadores y cursa la licenciatura en Educación.
Cuando miro el camino recorrido, descubro una certeza que continúa guiando mis decisiones: el centro de mi vida es Cristo. Mirarlo a Él. Aprender su modo de amar, de servir, de vivir y de orar. Volver a Él cuando el cansancio, las dudas o los cambios intentan desordenarme el corazón.
Durante mucho tiempo definí la fidelidad como permanecer siempre en el mismo lugar, sosteniendo tareas y respuestas. Hoy la comprendo de un modo más profundo: la fidelidad es una atención amorosa sostenida en el tiempo. Es cuidar la relación con Jesús, escuchar nuevamente su voz y permanecer disponible a lo que Él vaya pidiendo. Porque una puede quedarse en un lugar y, sin embargo, haber dejado de escuchar; o puede cambiar de rumbo y estar siendo profundamente fiel.
A veces pienso mi vocación como una barca. No está llamada a navegar sin puerto ni dirección, pero tampoco a quedar inmóvil por miedo a soltar la orilla. Cristo es para mí la estrella que marca el Norte. Si lo miro a Él, puedo agradecer cada puerto, recoger lo aprendido y animarme a desplegar las velas cuando Dios abre un nuevo camino.
Hubo una etapa en la que realizaba una tarea querida y conocida, llena de rostros y de pequeñas entregas cotidianas. Allí había aprendido mucho y había dejado parte de mi vida. Sin embargo, comenzó a crecer una inquietud interior: tal vez el Señor me invitaba a servir de otra manera. No fue fácil aceptarlo. Surgieron preguntas, miedos y el deseo de aferrarme a lo seguro.
En la oración comprendí, poco a poco, que cambiar no significaba abandonar lo vivido. Significaba recibirlo con gratitud y dejar que diera fruto en un camino nuevo. Dios no me pedía olvidar una etapa, sino permanecer atenta a su llamada presente. Allí entendí que ser fiel era seguir amando, seguir escuchando y volver a decir que sí, aunque la forma de la entrega cambiara.
Ese seguimiento siempre me lleva al lado pobre de la vida. Cerca de los pequeños aprendo que servir no es solo hacer por otros, sino también estar, escuchar, recibir y dejarme enseñar. Ellos me recuerdan el modo de Jesús: cercano, sencillo y compasivo, capaz de descubrir dignidad donde otros solo ven carencia.
Allí, aun en la incertidumbre, encuentro paz, sentido, fuerza y una esperanza renovada.
Hoy quiero vivir así mi vocación: con los ojos puestos en Cristo y el corazón atento a los pequeños. Permanecer fiel no por quedarme quieta, sino por cuidar cada día el amor primero y dejarme conducir, con confianza, hasta donde Dios me quiera llevar.
"Cerca de los pequeños aprendo que servir no es solo hacer por otros, sino también estar, escuchar, recibir y dejarme enseñar": Hna. Elsa Porcario sobre enseñanzas vigentes de sus años de formación #panelLaVida #GSRenespañol
