La Hna. Ana Laura Aranguiz (cuarta desde la izquierda), junto a jóvenes con atuendos típicos, durante una práctica de danza folklórica ecuatoriana. La religiosa mercedaria argentina sirve en misión en Quito desde 2024. (Foto: cortesía Ana Aranguiz)
El río Paraná marcó el paisaje de mi infancia en La Paz, una ciudad del noroeste de Entre Ríos, en Argentina. Crecí en esa geografía ribereña donde la vida se aprendía entre horizontes encendidos sobre el río, cantos de pájaros y la sombra de árboles frondosos, en una calma que fue formando mi manera de mirar la vida.
De allí provengo, de la llanura y de los campos, de los mates compartidos y de una Iglesia cercana, donde todos nos conocemos y un simple apretón de manos basta para ponernos al servicio del otro, como buenos paisanos.
Hace dos años llegué a Quito, Ecuador, y el paisaje cambió por completo. Sierras, montañas, volcanes y quebradas comenzaron a formar parte de mi vida cotidiana. Dicen que la geografía moldea también la idiosincrasia, y quizás sea cierto. Aquí las relaciones suelen ser más reservadas que en mis pagos [pueblo], pero Dios, que siempre ensancha el horizonte, me enseñó a descubrir la riqueza de cada cultura, de cada pueblo y de cada modo de ser Iglesia.
Actualmente sirvo en una escuela que lleva el nombre de nuestro venerable fundador, el padre José León Torres. Allí acompaño la pastoral educativa, doy clases de religión, coordino un taller de teatro, animo un grupo de espiritualidad mercedaria para niños y acompaño la catequesis de confirmación para jóvenes. La vida cotidiana transcurre con alegría y sencillez, en un clima de familia donde muchos encuentran un espacio de fraternidad y dignidad.
Vivo en comunidad con dos hermanas más. Compartimos la misión, las búsquedas, las dificultades y las alegrías, y experimentamos esa fraternidad como un regalo del Espíritu y la celebramos también como un logro de trabajo personal y centramiento en Jesús, que no siempre se da.
"Hoy creo profundamente en la sinodalidad. ¡La veo posible y no pienso renunciar a ella!": Hna. Ana Laura Aranguiz sobre su experiencia misionera en Ecuador y el desafío de construir una Iglesia que camina unida
La Hna. Ana Laura Aranguiz con alumnos del colegio P. José León Torres, en Quito, donde desarrolla la pastoral educativa, imparte clases de religión y coordina un taller de teatro. (Foto: cortesía Ana Laura Aranguiz)
De la crisis vocacional a la renovación de votos
Cuando llegué a Ecuador en 2024, estaba atravesando un tiempo de fragilidad. Venía recuperándome de una crisis vocacional. Apenas un mes después de mi llegada, falleció mi padre mientras yo estaba lejos de mi país. Fueron tiempos de dolor, duelo y lágrimas.
Sin embargo, en medio de esa experiencia, también pude reconocer la ternura de Dios. El año anterior había tenido la posibilidad de compartir mucho tiempo con él. Su recuerdo me acompañó espiritualmente durante todo mi proceso de adaptación a esta nueva misión.
Poco después renové mis votos religiosos y tuve la oportunidad de participar en el V Congreso de Nuevas Generaciones de la CLAR (Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Religiosos). Esa experiencia encendió nuevamente mi esperanza. Conocí hermanos y hermanas de distintos países, culturas y congregaciones. Sentí que la gratitud no me cabía en el pecho.
Luego fui invitada a participar en la comisión de nuevas generaciones de religiosos del Ecuador. Acepté con alegría porque comprendí algo importante. Aunque hoy seamos una minoría numérica, estamos llamados a vivir de una manera nueva.
Lo intercongregacional y lo intercultural no son simplemente estrategias pastorales, sino un valor en sí mismo. Allí la fraternidad universal se hizo concreta, palpable y cotidiana para mí.
Comenzó entonces un camino de discernimiento compartido, de conversaciones en el Espíritu y de búsqueda conjunta para revitalizar la vida religiosa joven en el país. Aprendí que la sinodalidad no es solamente un concepto eclesial, sino una forma de caminar, escuchar y construir juntos.
En el año 2025 regresé por un mes a Argentina para realizar mis votos perpetuos. La celebración tuvo lugar el 21 de marzo en Córdoba. Luego pude reencontrarme con mi familia, mis amigos y mi querido Entre Ríos. Ese tiempo fue un verdadero regalo. Volví a Ecuador fortalecida espiritualmente y con un renovado deseo de entregar la vida con alegría y autenticidad.
Meses después llegaron nuevas propuestas que conectaban profundamente con mis búsquedas más hondas. Entre ellas: compartir el amor de Jesús Redentor, generar vínculos sanos, aportar a procesos de transformación eclesial y seguir aprendiendo a vivir la sinodalidad.
Una de esas propuestas fue integrar la comisión continental de Nuevas Generaciones de la CLAR, acompañando a los religiosos jóvenes de la región Andina Amazónica: Ecuador, Colombia, Venezuela, Bolivia y Perú. Otra fue colaborar en la formación inicial de la conferencia ecuatoriana de religiosos, acompañando y dando clases a postulantes y novicias de distintas congregaciones.
Luego de llevar ambas propuestas a la oración y al discernimiento, decidí aceptarlas. Para mí significaban un gran desafío. Muchas veces no me sentía suficientemente capaz para asumir tareas tan importantes. Pero procuré responder con disponibilidad y confianza.
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"La sinodalidad no es una teoría"
¿Cómo no decir sí a las sorpresas de Dios? El Señor fue sosteniendo cada paso, regalándome hermanos y hermanas de camino, experiencias compartidas y oportunidades únicas.
He descubierto que cuando uno se entrega generosamente y deja de lado las propias inseguridades, todo comienza a encontrar su cauce. Dios sigue realizando su obra en nuestras frágiles vasijas de barro.
Todo es don y gracia. De cada experiencia salimos fortalecidos cuando nos abrimos a acoger lo que el Espíritu quiere regalarnos. Hoy creo profundamente en la sinodalidad. ¡La veo posible y no pienso renunciar a ella!
No me atemorizan las resistencias. Ser sinodales requiere aprendizaje, práctica y conversión cotidiana. Se trata de un modo de ser Iglesia y también de un modo de ser hermana en cada vínculo y en cada espacio compartido. Eso se contagia.
Nuestra comunidad también intenta vivir concretamente este llamado. No tenemos grandes recursos económicos y muchas veces avanzamos lentamente en nuestra obra, paso a paso. Pero la Providencia nunca deja de acompañarnos.
Desde este año, por ejemplo, comenzamos a dar juntas catequesis en un centro de privación de libertad para mujeres jóvenes y menores. Además, recientemente nuestra congregación aprobó un proyecto de acogida para mujeres migrantes con hijos, en un espacio de nuestra casa que estamos acondicionando. Lo hacemos en articulación con el Servicio Jesuita a Refugiados.
Esto me encanta, pues estoy terminando un diplomado sobre Pastoral en Movilidad Humana. Además, integro el equipo congregacional de Diversas Cautividades y colaboro con la Red Talitha Kum de Ecuador. Todo se va entretejiendo y tomando sentido.
Con poco, intentamos hacer mucho. Como en el Evangelio, con cinco panes y dos peces el Señor sigue realizando el milagro del amor. Aun desde nuestra propia pobreza, Dios continúa abriendo caminos de misericordia y esperanza.
Hoy, en esta tierra que aprendí a amar, descubro cada día que la sinodalidad no es una teoría. Es caminar juntos, escucharnos, compartir la vida y dejarnos transformar por el Espíritu. Así construimos una Iglesia más humana, fraterna y abierta, donde verdaderamente haya lugar para “todos, todos, todos”.
Así pues, haya ríos o haya montañas, la sinodalidad y la fraternidad son urgentes. No depende del paisaje, sino de la dignidad de cada persona que el Señor pone en el camino.
Cuando me toque volver a mi tierra, después de esta misión, volveré transformada y dispuesta a seguir compartiendo la vida y la pasión por el Reino desde este carisma tan hermoso que el Espíritu me regala: "Liberar el corazón de los cautivos, compartir dignidad y alegría, hacer que la palabra circule y la escucha sea posible".
¡Viva la Iglesia de Jesús!
