(Foto: Wikimedia Commons/ Ben White)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«Ustedes son la sal de la tierra: si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se le devolverá su sabor? Solo sirve para tirarla y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad construida sobre un monte. No se enciende una lámpara para meterla en un cajón, sino que se pone en el candelero para que alumbre a todos en la casa. Brille igualmente la luz de ustedes ante los hombres, de modo que cuando ellos vean sus buenas obras, glorifiquen al Padre de ustedes que está en el cielo» (Mateo 5, 13-16).
Este bello texto de Mateo explica de manera fácil, entendible para todos, cuál ha de ser la actitud del cristiano. Nos invita a ser sal, es decir ‘dar sabor’ a la vida, a las situaciones, a todo lo que hacemos y a ser ‘luz’ para que todos puedan ver el amor de Dios que se hace efectivo en nuestra realidad.
"Nuestra fe no nos evade de la realidad que vivimos, sino que nos hace críticos de ella para comprometernos con su transformación": teóloga Consuelo Vélez sobre el llamado a ser 'sal y luz del mundo' en Evangelio del domingo: Mt, 5, 13-16
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Con respecto a la sal, sabemos bien la función que tiene de dar el adecuado sabor a los alimentos. Cuando se coloca más sal en ellos, resulta muy difícil comerlos, y cuando no tienen suficiente, se intenta arreglarlos poniendo la sal, pero nunca queda igual si no se han cocinado, desde el inicio, con la sal suficiente. Por lo tanto, la llamada es a tener aquella sal que da sabor, sin que la gente lo note, pero satisface a todos.
Una vida cristiana con la ‘sal’ adecuada es aquella que no cae en excesos externos, que no se cierra a fundamentalismos inútiles, que no se acomoda a la lógica ‘del amar a los que nos aman’ (que es importante, pero no suficiente para la vida cristiana), sino que busca amar como Jesús amó, y eso implica la misericordia infinita, la generosidad suficiente, el compromiso firme de defender la justicia para todos.
Sobre la luz, el texto primero habla de una ciudad construida sobre el monte, con lo cual es evidente que será vista por todos, y luego se detiene en la necesidad de colocar la luz en lo alto para que alumbre a todos los de la casa.
Algunos cristianos interpretan estos textos en el sentido de ponerse símbolos externos que los muestren como cristianos o que las leyes y costumbres de las sociedades se acomoden a la doctrina de la Iglesia. Esto no es suficiente y podría ser peligroso, porque no responde al respeto a la pluralidad de nuestro tiempo y a la gratuidad del Evangelio que anunciamos.
Lo que en realidad se necesita es una actitud profética en palabras y obras. Estamos llamados a levantar la voz frente a las injusticias y a realizar obras que construyan un mundo mejor. Esto será lo que convenza a nuestros contemporáneos y, posiblemente así, muchos verán que vale la pena ser cristiano, porque nuestra fe no nos evade de la realidad que vivimos, sino que nos hace críticos de ella para comprometernos con su transformación.
