(Foto: Pexels/Saplak)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?". Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente"» (Juan 6, 51-58).
Hoy celebramos la fiesta del cuerpo y la sangre del Señor, conocida popularmente como Corpus Christi. El texto de Juan nos muestra a Jesús afirmando que Él es el pan vivo bajado del cielo y quien come de ese pan vivirá eternamente.
Recordemos la importancia para el pueblo judío de la comida compartida, ya que en ella se hace presente Dios mismo. Esto llevaba a que los judíos no compartieran mesa con quienes no creían dignos del pueblo elegido y sí lo hicieran con aquellos que cumplían con las instituciones religiosas judías. La expresión máxima de esa experiencia del comer juntos, se daba en la cena pascual donde se compartía el cordero pascual.
"Por razones históricas, se fue desvinculando la eucaristía de la cena eucarística, opacando la implicación comunitaria que conlleva": teóloga Consuelo Vélez #AlPartirElPan
El Evangelio de Juan, que tiene una teología más elaborada que los otros evangelistas, adelanta en su relato esta conciencia que tiene Jesús de ser el verdadero cordero pascual —aunque en este texto no se declara como tal— pero sí muestra los frutos de vida eterna que supone reconocerlo como verdadera comida y verdadera bebida.
No es de extrañar que los judíos se preguntaran cómo Jesús podría darles a comer su carne y, mucho más difícil de aceptar, que les diera a beber su sangre, sabiendo que para los judíos no está permitido beber sangre, porque ella es símbolo de la vida que solo puede ofrecerse en el altar, pero en ningún caso beberse.
Podemos ver entonces que Jesús está hablando en otro plano que no logran entender los judíos. Con el hecho de identificarse con el Hijo del Hombre —figura del Antiguo Testamento— les está invitando a pasar a otro plano, buscando abrirles el entendimiento a las cosas eternas.
Igualmente les hace la comparación con el maná de los israelitas en el desierto: aunque lo comieron, murieron. Por el contrario, entender a Jesús ofreciéndose como comida y bebida es abrirse a la vida eterna o a ese ‘permanecer’ en él, como bien les dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”.
Pensando en esta donación de Jesús a los suyos, hemos de comprender el significado de la eucaristía para nuestro presente. Lamentablemente, por razones históricas, se fue desvinculando la eucaristía de la cena eucarística, opacando la implicación comunitaria que la eucaristía conlleva y posibilitando fomentar un individualismo o intimismo que, muchas veces, desfigura por completo el pan y vino compartido que Jesús nos regala.
Urge recuperar la dimensión comunitaria de la adoración eucarística para que el culto nos comprometa con la vida y, especialmente, con la de los más pobres, y así no caer en un culto vacío que no agrada a Dios porque no refleja su amor entregado para la vida del mundo.
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