El viento dobla la hierba pero no la arranca, y las nubes no apagan la luz: así actúa el Espíritu de la verdad, invisible pero presente en medio de la adversidad. (Foto: Pixabay/Albrecht Fietz)
Nota de la editora: Global Sisters Report en español presenta Al partir el pan, una serie de reflexiones dominicales que nos adentran al camino de Emaús.
«Si me aman, cumplirán mis mandamientos; y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo conocen, porque Él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejo huérfanos, volveré a visitarlos. Dentro de poco el mundo ya no me verá; ustedes, en cambio, me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes. Quien recibe y cumple mis mandamientos, ese sí que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Juan 14, 15-21).
El tiempo de pascua está llegando a su fin y, por eso, el Evangelio nos presenta a Jesús despidiéndose de los suyos, pero advirtiéndoles que no los dejará huérfanos porque, vendrá el Espíritu de verdad: “otro Defensor” que se quedará para siempre con ellos.
En la realidad de hostilidad que van a afrontar los discípulos de Jesús, este espíritu defensor tendrá la palabra oportuna, la acción apropiada. Sin embargo, es necesario que Jesús se vaya para que venga el Espíritu. Y será el Espíritu el que les haga comprender que Jesús está en el Padre y ellos están en Jesús.
El Espíritu prometido por Jesús consuela y transforma. La teóloga laica Consuelo Vélez reflexiona sobre lo que significa acogerlo en su comentario al Evangelio del VI domingo de Pascua para la serie Al partir el pan.
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Gracias al Espíritu, los discípulos podrán sentir la presencia de Jesús en su propia vida. Por el contrario, aquellos que no reciben al Espíritu no podrán verlo, porque es en ese amor del Padre y el Hijo y del Hijo y el Espíritu que Dios se revela y se le encuentra.
Quien recibe el Espíritu cumple los mandamientos no como exigencia para ser amado por Jesús, sino precisamente como respuesta a ese amor ya recibido. En esta despedida, Jesús invita a sus discípulos a dejarse amar, porque quien ama a Jesús será amado por el Padre, y Jesús se les manifestará a través de su Espíritu, que permanece con ellos para siempre.
Nosotros estamos en este tiempo del Espíritu y, en la medida que lo acojamos, podremos entrar en esa dinámica del amor que se concreta en sentirnos amados por Dios, respondiéndole con la fidelidad hacia sus mandamientos. Debemos acoger también este Espíritu de la verdad que nos comunica la palabra oportuna para dar testimonio del amor de Dios manifestado en Jesús.
Preparémonos entonces a las festividades que siguen a este sexto domingo de Pascua —Ascensión, Pentecostés, Trinidad— recibiendo el Espíritu que Jesús nos ha dejado para amar con el mismo amor divino que transforma nuestras vidas y nuestra realidad.
