(Foto: Unsplash/Om Prakash Sethia)
Desde hace años, el 'Encuentro de la misericordia' reúne mensualmente en nuestro monasterio a más de 150 personas de escasos recursos, a quienes les ayudamos con algo de alimentos, ropa y otros artículos de primera necesidad, y con quienes oramos juntos. Nuestra ayuda es modesta, sencilla, casi imperceptible si la comparamos con la magnitud de la pobreza que invade la ciudad de Lima, Perú.
Ese miércoles, como tantos otros, la mayoría de hermanas de la comunidad, junto con los voluntarios que nos ayudan, preparábamos el encuentro. Unos terminaban de cerrar las bolsitas de víveres, otros colocaban las sillas en el claustro para acoger a los que llegaban; se calentaba el chocolate que les daríamos de desayuno y se ponían los bizcochos en bandejas para repartirlos. Son gestos pequeños, pero necesitan de un amor grande para tener un verdadero sentido.
El objetivo es hacerles saber a los que entran en nuestra casa que su vida es valiosa y que son amados y cuidados por Dios; que se sientan personas, dignas en su singularidad, con toda su historia y sus heridas; que descubran que no son malas personas, algo que han escuchado infinidad de veces a lo largo de su vida; que sepan que nosotras hemos visto muchas veces la bondad de su corazón, su fortaleza y su humildad; y que escuchen la Palabra de Dios y experimenten su presencia, su amor y su providencia. Todo se dirige a algo más profundo que la entrega de unos alimentos, pero sabemos que los alimentos son, a su vez, esenciales para llegar a comunicar aquella profundidad.
"Vienen a nosotras con las manos vacías, pero nos ofrecen el Reino que ellos poseen": Hna. Begoña Costillo sobre lo que reciben las agustinas del Monasterio de la Encarnación en Lima de los pobres a quienes ayudan #UnaMiradaJoven
Aquel miércoles, ese significado se hacía más evidente para mí porque hacía un año que no me encontraba con ellos. Mi padre se enfermó el año pasado de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), una dolencia paralizante y cruel que requiere cuidados exhaustivos y continuos. Tengo la suerte de poder estar disponible cuando ocurren estas cosas y, gracias a Dios y a mi comunidad, pude marchar a España para acompañar a mi padre en este duro tramo del camino. Ha sido un año bellísimo, porque Dios se deja ver con claridad en aquellos que aman en el sufrimiento, como ha hecho mi padre. También ha sido un año muy duro, porque el sufrimiento extremo de los que amamos invade la propia vida hasta los tuétanos y la hiere. La experiencia extraordinaria de atravesar con mi padre esta enfermedad sería larga de contar. Murió en poco menos de un año, dejando una herencia de humanidad y amor hasta el extremo que aún la estoy asimilando. A los pocos meses volví a Lima y reemprendí mi camino aquí.
La intensidad de este tiempo se me ha quedado dentro… la llevo a todas partes. El dolor, la luz, la compasión, la sangre y el agua, la gratitud, lo que pude dar y lo que me reservé, la inmensidad del bien recibido y un sinfín de semillas que cultivo como puedo, cada día. Así vivo ahora, recibiéndolo todo en esta tierra interior recién sembrada y aún doliente. Así esperaba el 'Encuentro de la misericordia', después de un año de ausencia, segura de que ahora me debo a esta misión y a estas personas.
Ese miércoles me dirigí con emoción hacia la puerta, esperando ver caras conocidas y abrazarles con sinceridad. Quería transmitir con mis gestos ese significado esencial del que hablé antes. Me acerqué a la portería, donde algunas hermanas iban registrando a los que llegaban. Al verme, me daban la bienvenida con muchísima calidez.
Una vez ya sentados en el claustro, a la espera del desayuno, pude detenerme más tranquilamente. Lucy, una de las señoras que recibe alimentos en el encuentro, enseguida vino hacia mí y, antes de que yo pudiese preguntar cómo andaba ella, me dijo: "Hermanita, ¡cuánto hemos rezado por su papá!, siento su muerte, ¿cómo se encuentra usted?". La sinceridad de sus palabras se leía en sus ojos. No era una frase de compromiso. Lucy, que lucha cada día para cubrir sus necesidades más básicas, que está llena de problemas y preocupaciones, que vive rodeada de pobreza y enfermedad, ella había tenido espacio en su corazón para recordarme y rezar por mí. Lucy mostraba una honda empatía conmigo, como si lo que yo he vivido fuese realmente algo suyo.
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Tras ella, otros muchos me hablaron del mismo modo, con la mirada baja, el gesto triste, como si pudieran sentir el peso que cargo. Sus palabras entraban dentro de mí como el agua fresca en un sequedal. Me hacían saber exactamente aquello que nosotras tratamos de transmitirles a ellos: que la vida de mi padre, como la mía, es valiosa, que Dios está a mi lado, que soy capaz del bien, a pesar de las carencias y fallos que he tenido; que todo lo vivido está en manos de Dios y en Él queda salvado; que aquí estamos de paso y solo cuenta el amor que damos y recibimos.
Entonces, regresé al recuerdo del cuidado de mi padre, a las noches difíciles y a su rostro de dolor. Volví al asombro de ver cada mañana sus ganas de seguir amando de mil maneras. Comprendí que, seguramente, gran parte de la fuerza y la luz que él tenía provenía de la oración de Lucy, y de Pedro, de Alicia, de Maritza, de Juan, etc. Han sido muchos de estos 'pobres' los que, con su humilde oración y su recuerdo, nos han sostenido. Ellos, más que nadie, comprenden lo que significa el dolor y la incertidumbre, la impotencia y la extrema debilidad.
Son pobres en el cuerpo, porque no tienen lo suficiente para vivir, y también en el alma, porque no han acumulado seguridades ni riquezas interiores. Por eso tienen dentro un espacio amplio y vacío en el que recogen las lágrimas y sufrimientos de los demás y, junto con los suyos, los presentan con humildad a Dios Padre. Confían en Él sobre todas las cosas, y saben bien que nada hay más importante que vivir pegados a su 'amor'.
De nuevo se me hace clara esta verdad: el Reino es de los pobres. Nos sentimos interpeladas por su necesidad y acudimos a ellos con recta intención. Pero pronto reconocemos que recibimos mucho más de lo que damos, pues nos ofrecen el Reino que ellos poseen. Vienen a nosotras con las manos vacías, pero nos llenan de la verdad que da vida a la existencia. Nos mendigan algo para comer, para vestirse y, a cambio, nos alimentan con su fe. Lloran con nosotras sus sufrimientos, pero son ellos, a la vez, los que oran por nosotras con todo el corazón. Nos piden que les enseñemos a creer en Dios, pero son sus vidas las que nos hacen ver el rostro del Padre, revelado a los sencillos.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 12 de junio de 2026.
