El papa León XIV se reúne con Pedro Salinas, periodista peruano y superviviente de abusos, en la biblioteca del Palacio Apostólico del Vaticano el 20 de octubre de 2025. Salinas es un antiguo miembro del Sodalitium Christianae Vitae que sufrió abusos físicos y psicológicos por parte del fundador del movimiento Luis Fernando Figari. (Foto: CNS/Vatican Media)
Últimamente se ha escuchado en España el llamado 'giro católico de los jóvenes a la fe', representado en expresiones musicales con referencia religiosa o en la existencia de grupos que consiguen atraer un significativo número de jóvenes que se reúnen para orar, cantar, adorar la eucaristía y otras manifestaciones que visibilizan la fe que profesan.
Ese fenómeno no se está dando solo en España. En Latinoamérica (y tal vez en otros continentes) han surgido grupos —no solo de jóvenes, pero sí con bastante presencia juvenil— que proponen retiros de fin de semana en los cuales se ofrecen testimonios de conversiones y diversas prácticas de oración o de liturgias que logran un 'impacto' emocional en quienes participan. Como resultado, bastantes personas permanecen vinculadas a los grupos que promueven esas experiencias y así se comienza a ver más gente en las iglesias (o por lo menos en los grupos) y se retoman prácticas religiosas que confirman ese posible 'giro católico' del que se está hablando en la actualidad.
Personalmente tengo dudas sobre estas experiencias. Me recuerdan el auge de los llamados Nuevos Movimientos Eclesiales que tanto apoyó el papa Juan Pablo II y que con el paso del tiempo han dejado ver la poca coherencia con lo que decían vivir. Son muchos los fundadores y miembros de esos movimientos o comunidades religiosas nuevas a las que se les ha comprobado pederastia, abuso sexual y abuso psicológico a muchos de sus miembros o destinatarios de su misión. No han sido todos los grupos, pero sí 'demasiados'. Muchos de estos grupos siguen existiendo (pocos han sido disueltos), cosa que me resulta muy extraña. Me cuesta mucho entender que se quiera seguir un carisma propuesto por alguien al que se le han comprobado tantas atrocidades. Pero así son las estructuras, sean civiles o eclesiales: una vez que se consolidan, resulta muy difícil terminarlas, aunque sus fundamentos sean tan ambiguos.
Pero volviendo a esos grupos actuales, lo que más me preocupa es el tradicionalismo doctrinal que manifiestan, muy alejado del espíritu de Vaticano II y de la propuesta sinodal con la que el papa Francisco —y ahora el papa León XIV— están buscando renovar la Iglesia.
Precisamente a estas experiencias parece que responde la nota doctrinal que publicó la Comisión de Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española hace unos días, con el título: Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón) sobre el papel de las emociones en el acto de fe.
La nota no menciona lo del tradicionalismo doctrinal que me parece acompañan estas experiencias, pero sí resalta la "emotividad" como fundamento de estas nuevas manifestaciones religiosas. También llama la atención a la necesidad de vivir una espiritualidad que asuma todas las dimensiones de la persona y la urgencia de un discernimiento, frente a dichas experiencias, realizado por la autoridad eclesial como garante de la autenticidad de la fe y de estas nuevas iniciativas eclesiales.
La nota doctrinal se refiere explícitamente a experiencias centradas en el "primer anuncio" que, aunque parecen estar dando frutos, llaman la atención por su parcialidad centrada en las emociones y también en la dificultad de integrarse a la dinámica eclesial más amplia.
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La nota aclaratoria tiene dos grandes partes. La primera, fundamentando la importancia de las emociones en la experiencia de fe y la necesidad de tener en cuenta todas las otras dimensiones humanas. Y, la segunda, ofreciendo criterios de discernimiento de este tipo de experiencias de fe.
Sobre la primera parte hay afirmaciones muy importantes para vivir la experiencia de fe con autenticidad. Esta experiencia ha de abarcar todas las dimensiones de la persona: afectiva, intelectual y volitiva. Por eso, si solo se enfatiza lo emotivo se corre el peligro de convertirse en "consumidores de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual" y no en testigos de Cristo, configurando su vida con la suya. Lo central del mensaje cristiano es el misterio pascual que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano. Por eso, todo "impacto emocional" ha de manifestarse también en el "obrar de las personas".
La absolutización de lo emotivo es una de las características de la posmodernidad. Se está cambiando el 'pienso, luego existo' por el 'siento, luego existo'. Pero lo emotivo lleva solo a la inmediatez, el instante y, en la perspectiva de fe, esto puede hacer depender la fe de la emoción, que se fortalece más cuando se comparte con todo un grupo. Lo emocional es fácilmente manipulable, pudiendo llegar, incluso, al abuso espiritual.
Una experiencia de fe basada solo en lo emotivo puede hacer creer que se tienen experiencias místicas. Sin embargo, no fue así la experiencia de los grandes místicos. Ellos supieron también lo que es la noche oscura de la fe e integraron toda su persona en esa experiencia.
Por lo tanto, la nota no niega la importancia de los sentimientos en la vida espiritual o, con otros términos, el recuperar la centralidad del corazón en la persona, lugar de las decisiones, de la verdad, del encuentro y de la Alianza. De hecho, documentos magisteriales recientes como Caritas in veritate (Benedicto XVI, 2009) o la Dilexit nos (Francisco, 2024) proponen recuperar la importancia del corazón en la vida cristiana porque desde este se integran las dimensiones afectiva y corporal, racional e intelectual, así como la volitiva y el compromiso, y de esa manera la experiencia de fe se convierte en un acontecimiento totalizante para el creyente.
Por todo lo anterior la Comisión de Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española propone los siguientes criterios teológico-pastorales para un discernimiento de dichas experiencias espirituales:
- Nuestra fe es trinitaria lo cual libera de individualismos y lanza a la comunidad.
- La fe tiene una dimensión personal que va más allá de las normas y se refiere al encuentro con la Persona de Jesús. Sin embargo, este encuentro no solo lleva la alegría de dicho encuentro sino también la invitación a cargar la cruz con Cristo.
- Complementaria a la dimensión personal está la dimensión objetiva de la fe que supone la profundización en la fe y la doctrina. En este sentido, la formación se torna en un medio primordial que permite integrar la verdad en el amor. La vivencia emocional de la fe se ha de asentar en la verdad objetiva del kerygma, cuyo contenido se encuentra en la Palabra de Dios transmitida e interpretada por la Iglesia.
- Por la misma lógica de la encarnación, el encuentro con Dios es siempre mediado por la dimensión eclesial. Una auténtica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio grupo, sino que aprecia la riqueza que aporta el conjunto. Los nuevos grupos necesitan del juicio de su autenticidad y regulación por parte de las autoridades eclesiales. A ellos compete no apagar el Espíritu, pero sí examinarlo y quedarse con lo bueno. Es signo de eclesialidad dejar que estos métodos sean sometidos al discernimiento de la autoridad de los obispos y los órganos diocesanos competentes.
- La dimensión ética y caritativa es signo del verdadero encuentro con Cristo que no solo transforma la interioridad del creyente, sino que lo impulsa al compromiso concreto con la Iglesia y el mundo. La fe ha de traducirse en caridad hacia los más pobres, en el testimonio y el servicio que transfiguran el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino.
- Finalmente, la experiencia de fe necesita la dimensión celebrativa que no se reduce a una oración individual o un mero devocionalismo, sino que supone la dimensión comunitaria, objetiva y sacramental. En este punto la nota alerta sobre las llamadas "adoraciones eucarísticas" para que no se desliguen de la celebración litúrgica y la pertenencia de todos los miembros de la iglesia al cuerpo de Cristo.
Aunque esa nota doctrinal tiene como destinatario a la realidad española, la existencia de esos grupos o esa espiritualidad más centrada en lo emotivo no se limita a un país. Nos conviene a todos discernir sobre su pertinencia y aplicabilidad en todas las realidades en las que se están dado estos grupos. Es verdad que no hemos de "ahogar" el espíritu que siempre "hace nuevas todas las cosas". Pero es una obligación moral discernir sus manifestaciones porque contamos con experiencias muy recientes de "demasiados lobos con piel de oveja".
Nota: Este artículo, originalmente escrito en español, fue primeramente publicado en inglés el 29 de abril de 2026.
