Hna. Esther Njoka, de la Congregación Misionera de Hermanas Evangelizadoras de María, en Kenia, habla sobre su misión el 15 de noviembre de 2025 en Puerto Padre, Cuba. Njoka dijo que servir en una misión es un sueño hecho realidad, a pesar de retos en lugares como Cuba, con la escasez de alimentos y combustible, y los pocos católicos practicantes en la isla. (Foto: GSR/Rhina Guidos)
La Hna. Esther Njoka siempre soñó con ser misionera. No le importaba dónde, pero se sorprendió cuando su orden —la Congregación Misionera de Hermanas Evangelizadoras de María—, en Kenia, le dijo que había sido elegida para ir a un lugar con un complejo panorama para católicos: Cuba.
"Sentía que era un sueño", contó Njoka con una sonrisa, al tiempo que se emocionaba al recordar el día en que le comunicaron que iba de misión.
Dejando la vibrante vida parroquial de Kitale, Kenia, una diócesis de 315 500 católicos, Njoka viajó en 2024 más de 12 000 millas (19 312 km) desde su país a Cuba, que en el pasado se declaró como Estado ateo. A pesar de que muchos habitantes de la isla han sido bautizados católicos, pocos practican la religión, pero muchos mezclan el cristianismo con la espiritualidad africana, algo conocido como sincretismo religioso.
Marcos Pirán, un misionero argentino en Cuba desde hace más de 25 años, obispo auxiliar de la diócesis de Holguín y delegado ante la Conferencia Cubana de Religiosos, dijo que servir a los católicos y a otras personas en la isla es complejo: los misioneros deben poseer cierta madurez para afrontar los retos, y se les pide a los superiores de las congregaciones no mandar a una persona a que acepte la misión solamente por obediencia,
Dada la escasez de vocaciones a la vida consagrada en Cuba, la Iglesia depende de misioneros como Njoka para ayudar con la catequesis y llevar el Evangelio a lugares donde algunos rechazan ciertas prácticas y creencias religiosas. Los que se quedan y sirven lo hacen en medio de tensiones entre el Gobierno cubano y Estados Unidos, que actualmente limita el petróleo que llega a la isla, lo que provoca apagones, así como escasez de alimentos, medicina y transporte. Debido a que hermanas como Njoka acompañan a los cubanos en los peores momentos, las comunidades locales, independientemente de sus creencias religiosas, han llegado a respetarlas enormemente, dijo Pirán.
Hna. Esther Njoka, de la Congregación Misionera de Hermanas Evangelizadoras de María, en Kenia, se toma una selfI con un señor cubano al que visitó en julio de 2025 en Puerto Padre, Cuba. Desde que llegó como misionera a este país en 2024, visita a los enfermos en regiones remotas de la isla y catequiza a los jóvenes católicos, a pesar de que la escasez de gasolina y alimentos a veces dificulta esa tarea. (Foto: GSR/cortesía Hna. Esther Njoka)
Para Njoka, el mayor reto ha sido aprender un nuevo idioma. Sin embargo, el obispo Pirán considera que, en la misión, adaptarse al modo de vida de una comunidad es más importante que el idioma.
GSR: ¿Cómo ha sido su experiencia en Cuba?
Njoka:Llevo aquí un año. He estado aprendiendo el idioma. No ha sido fácil, pero ahora puedo ir a la misión con mis hermanas y realizar el apostolado que hacemos. Se trata principalmente de catequesis. Una cosa que me ha gustado de ellos es que son muy sinceros. Dicen: "Hermana, no podré ir a la iglesia. Creo en Cristo. Así que déjame rezar en casa. Pero cuando llegue el momento, iré a la iglesia". Cuando una persona viene a la iglesia, a veces al final de su vida, se entrega. Eso es lo que he experimentado. Otra cosa es que [los cubanos] respetan a las hermanas y a los sacerdotes. Cooperan con nosotros. Cuando necesitas ayuda con algo, están ahí para ayudarte. Cuando no sabes algo, están ahí para ayudarte. Y especialmente con su idioma, porque saben que nosotros [los misioneros] estamos aprendiendo el idioma.
Por otro lado, algunos dejaron la iglesia hace mucho tiempo. Así que, cuando vas a verlos, te preguntan: "¿Quién eres?". Yo digo: "Soy monja". Entonces, empiezan a hacerte muchas preguntas. Algunos de ellos rechazan la iglesia. Dicen: "No, no, no, eso no es para nosotros". Para ellos, se supone que debemos rezar en casa. No se supone que debemos rezar en la iglesia.
A veces esa experiencia es muy dura.
[En ocasiones] vas a la misión [en una zona lejana], llegas y los padres [de los niños que reciben catequesis] te dicen: "Los niños están durmiendo. No pueden ir". Y has gastado dinero en comida, en transporte, y luego vuelves sin haber hecho nada.
Y ahora que lleva aquí un año, ¿cuáles han sido los retos y cuál es lo bueno que ha encontrado?
El reto es el idioma. El idioma no es fácil. En primer lugar, cuando llegué aquí no sabía nada, ni siquiera saludar. Y otro reto es [que] en mi país hay muchos cristianos, pero aquí son pocos. Para mí, eso es un poco difícil. Ves a gente en la iglesia, algunos de ellos no saben decir "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Ni siquiera saben persignarse. Otro reto es la comida, porque en mi país no hay escasez de alimentos. La comida está ahí. Si tienes dinero, vas al mercado y compras comida. Pero aquí, en el mercado, aunque tengas dinero, a veces no hay comida.
Hna. Esther Njoka, de la Congregación Misionera de Hermanas Evangelizadoras de María, en Kenia, posa para una foto con un grupo de niñas en Puerto Padre, Cuba. La religiosa llegó en 2024 para realizar una misión en la isla, que en parte consiste en catequizar a los jóvenes católicos. (Foto: GSR/cortesía de la Hna. Esther Njoka)
¿Ha habido algo relacionado con la espiritualidad aquí que haya experimentado y que sea diferente a lo que está acostumbrada?
Aunque algunas personas no van a la iglesia, tienen una fe muy fuerte en Jesucristo. Creen que si rezan, Dios les escuchará. Y otra cosa: cada vez que vas a su casa, ves la imagen de la Santísima Virgen de la Caridad [Nuestra Señora de la Caridad del Cobre]. Tienen fe en ella, creen que cuando rezan [por su intercesión], ocurren milagros. Así que tienen fe. El problema es conseguir que vayan a la iglesia. Pero la mayoría tiene fe.
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¿Echa de menos su casa?
Echo de menos a mis padres, a mi hermano, mis hermanas, pero cuando profesé dije que lo hacía por la misión, y le dije a Dios: "He dejado a mi familia. Vengo a otra familia, que ahora es esta congregación, esta iglesia. Cada vez que los extraño, quiero que tú lo aceptes y aumentes mi fe". Siento que los extraño, pero cuando empiezo, me recuerdo a mí misma: "Estás ocupada". Rezo por ellos. Me siento satisfecha.
¿La misión la ha cambiado de alguna manera?
Vivir con gente, y con gente diferente, me ha ayudado mucho. Había vivido con mis padres, mi hermano y mis hermanas. No sabía cómo pasar la noche en casa de otras personas. Pero aquí duermo dondequiera que me manden. Se ha convertido en parte de mí. Me ha ayudado mucho a relacionarme con la gente y a comprender su carácter. Cuando comprendes el carácter de una persona, te acostumbras a la persona. La acepto. Me adapto a ti y a tu vida.
Entonces, ¿duerme en cualquier sitio y come cualquier cosa?
Siempre que voy, por ejemplo, a una misión, o quizá nos envían a algún sitio a trabajar, no es ningún problema para mí. Estoy bien. Conozco a esas personas, me relaciono con ellas, así que eso es algo muy importante en lo que la Iglesia me ha ayudado.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 24 de marzo de 2026.
